Lo que tienes que saber
- La jornada conmemorativa del Día Internacional de la Mujer convocada por la Colectiva Feminista Mujeres del Tule reunió a cientos de mujeres, jóvenes e incluso infancias que caminaron juntas por las calles del centro para compartir testimonios, denunciar violencias y acompañar historias que, durante mucho tiempo, permanecieron ocultas y normalizadas.
- Esta marcha no nace de la nada, su principio se dio en 2020 con un grupo de no más de 10 personas encabezadas por Rosa María Flores, mejor conocida como Morrigan, con quienes se realizó un espacio de convivencia y escucha.
- Hoy, a 6 años de la primera marcha, la participación a la convocatoria del 8M aumenta, no porque antes no existieran casos de violencia, sino porque no existía un espacio seguro, de escucha y acompañamiento, un lugar donde la respuesta no es el cuestionamiento ni la duda, sino un abrazo que sostiene y la convicción de decir.
El pasado 8 de marzo, las calles del Valle de Tulancingo volvieron a teñirse de morado, no como una movilización pasajera, fue más bien la confirmación de que algo cambió en la región: las mujeres ya no están dispuestas a guardar silencio.
La jornada conmemorativa del Día Internacional de la Mujer convocada por la Colectiva Feminista Mujeres del Tule reunió a cientos de mujeres, jóvenes e incluso infancias que caminaron juntas por las calles del centro para compartir testimonios, denunciar violencias y acompañar historias que, durante mucho tiempo, permanecieron ocultas y normalizadas.
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Violencia emocional, sexual, económica, vicaria y comunitaria fueron algunas de las realidades nombradas durante la marcha. Detrás de cada pancarta, de cada consigna y de cada paso, había una historia personal que encontró en la colectividad la posibilidad de hacerse visible.

El arte como punto de partida
La conmemoración comenzó en el kiosco de la ciudad con la exposición fotográfica “Insumisas”, de la fotoperiodista Karen Aicitel Lira. La muestra abrió un espacio simbólico que conectó arte, resistencia y memoria.

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A través de su lente, la fotógrafa retrató a mujeres que han decidido abrirse camino en un ámbito históricamente dominado por hombres: la lucha libre. En cada imagen se percibe la fuerza del pancracio, pero también algo más profundo: la determinación de mujeres que son madres, estudiantes y trabajadoras, y que encontraron en el ring una plataforma para demostrar que el espacio también les pertenece.

Las fotografías capturaron la intensidad, la disciplina y el dramatismo de la lucha libre femenina, en su mayoría protagonizada por hidalguenses. Pero también recordaron algo esencial: la lucha por la igualdad adopta muchas formas, algunas simbólicas y otras profundamente cotidianas.
Como cada año la jornada concentró a mujeres en los contingentes que comenzaron a avanzar por las calles céntricas de Tulancingo, encabezados por familiares de víctimas de feminicidio y por sobrevivientes de violencia. Detrás de ellas caminaron mujeres con discapacidad, el bloque de madres autónomas, maternidades e infancias, colectivos separatistas, organizaciones civiles y mujeres independientes que decidieron sumarse al recorrido.

Las patrullas violetas y cerca de 40 elementos de seguridad, todas mujeres, escoltaron la movilización, aunque el verdadero resguardo fue el de la propia colectividad.
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Las consignas resonaron con fuerza: frases escritas en cartulinas, mantas y pancartas dejaron claro que la movilización no es moda, sino un espacio donde cada mensaje es el reflejo de una historia personal que encontró eco en otras voces.

Esta marcha no nace de la nada, su principio se dio en 2020 con un grupo de no más de 10 personas encabezadas por Rosa María Flores, mejor conocida como Morrigan, con quienes se realizó un espacio de convivencia y escucha; labor que ahora alcanza a decenas de mujeres y que se desarrolla los 365 días del año, con acompañamientos, contención emocional, canalizaciones a instancias especializadas y asesorías jurídicas.

Hoy, a 6 años de la primera marcha, la participación a la convocatoria del 8M aumenta, no porque antes no existieran casos de violencia, sino porque no existía un espacio seguro, de escucha y acompañamiento, un lugar donde la respuesta no es el cuestionamiento ni la duda, sino un abrazo que sostiene y la convicción de decir: yo sí te creo.
En ese círculo de escucha, las historias que antes estaban cargadas de miedo, dolor e incluso autocensura comenzaron a transformarse. Las lágrimas se convirtieron en un proceso de sanación. Los miedos adquirieron nombre, y aquello que parecía imposible de enfrentar empezó a hacerse más pequeño.

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La lucha que todavía continúa
Lo que hoy parece obvio y normal como el poder estudiar, viajar, votar o ser votada, administrar el dinero propio, participar en política, decidir sobre tu propio cuerpo es resultado de estas marchas, de la manifestación de miles de mujeres que decidieron salir a las calles cuando hacerlo implicaba riesgos mucho mayores.

A pesar de esos avances, el siglo XXI sigue siendo escenario de múltiples formas de violencia: verbal, psicológica, emocional, patrimonial, económica, física y sexual siguen presentes en espacios familiares, laborales, escolares y públicos.
Este 2026, la marcha del 8 de marzo en Tulancingo se convirtió en algo más que una conmemoración, fue la exigencia colectiva por verdad y justicia. Una jornada marcada por la indignación, pero también por la solidaridad entre mujeres.

Fue el espacio para mantener viva la memoria de quienes ya no están: mujeres asesinadas, desaparecidas o violentadas y, sobre todo, una oportunidad para recordar a las autoridades que el acceso a la justicia no puede seguir siendo una promesa, sino una realidad.
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