Lo que tienes que saber
- La noche del 2 de febrero de 2011 a escasos metros de la 18 zona militar, los corridos de los Invasores de Nuevo León movían sabroso las caderas de cinco mil personas que, con sombrero y pantalón de mezclilla, convirtieron en una gran pista de baile la cancha de futbol de la colonia el Tezontle, en Pachuca.
- El castillo y los juegos artificiales pintaron de distintos colores el cielo nocturno y la casa de dos pisos, con todas sus luces encendidas, era visible desde el bulevar Felipe Ángeles, a donde llegaban los ecos de la pachanga.
- daba la impresión que el gozo profundo y las casas del Tezontle no estaban en la capital de Hidalgo, sino en algún lugar lejano y perdido de la serranía donde las parejas bailaban bajo la magia de la luna.
La noche del 2 de febrero de 2011 a escasos metros de la 18 zona militar, los corridos de los Invasores de Nuevo León movían sabroso las caderas de cinco mil personas que, con sombrero y pantalón de mezclilla, convirtieron en una gran pista de baile la cancha de futbol de la colonia el Tezontle, en Pachuca.
Entonces el vocalista de los Invasores de Nuevo León saludó al “amigo Lazcano”, así dijo, y cantó: “Si antes eran como veinte / ahora se perdió la cuenta / decididos a morirse / los conocen como zetas / a ley se han ganado el puesto / por eso se les respeta”.
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Con armas largas, cinco hombres con uniformes de la policía municipal capitalina vigilaban el campo deportivo. Luego se perdieron durante la madrugada en busca de las festividades de la Candelaria, cuyos conciertos y jaripeos fueron gratuitos.

Y, por supuesto, no faltaron las riñas entre borrachos, los diálogos amenazantes que quitaban la respiración, los carros con placas de Tamaulipas, Zacatecas y Coahuila. También el olor de la mariguana. La carrera frenética de quienes huyen de algo o van en persecución de alguien. Eso nadie lo sabía.
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El castillo y los juegos artificiales pintaron de distintos colores el cielo nocturno y la casa de dos pisos, con todas sus luces encendidas, era visible desde el bulevar Felipe Ángeles, a donde llegaban los ecos de la pachanga.
El acordeón ganó fuerza, invadió puestos y juegos mecánicos agazapados junto a la iglesia del Tezontle, donada por Heriberto Lazcano Lazcano, según una placa a un costado del inmueble y que actualmente fue retirada. El ritmo, antes de perder vigor, reconfortó a las parejas en el frío de Pachuca.
Los Invasores continuaron con bríos renovados: “Según lo dice la prensa / los buscan por internet / hasta ofrecieron millones / a quien los quiera poner / tengan cuidado soplones / la vida pueden perder”.

Cuando avanzaba la madrugada, entre música y frío, concluyó la participación de cinco ganaderías y las integrantes del grupo Estrellas Andinas arrancaron con sus canciones ante el júbilo de los caballeros que gritaban “mamacitas”.
Duró segundos. Pero la sensación perduró y se impuso en la mente: daba la impresión que el gozo profundo y las casas del Tezontle no estaban en la capital de Hidalgo, sino en algún lugar lejano y perdido de la serranía donde las parejas bailaban bajo la magia de la luna; lejos de la explanada de la Diosa de los Vientos, que, en realidad, estaba muy cerca.
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Al fondo de la peña se extendía la cancha de futbol con logotipos del gobierno federal. Eran dos grandes y brillantes escenarios instalados en cada extremo del campo y en medio miles de chamarras de cuero y escotes pronunciados cantaban junto con los Invasores: “Para entrar a Tamaulipas / primero pidan permiso / no le atoren a la brava / de eso no hagan caso omiso / pueden salir muy dañados / o tal vez no salgan vivos”.
Alrededor de la cancha colocaron gradas donde uno podía sentarse y al levantar la vista hacia la peña, destacaba una camioneta de la policía estatal con la torreta encendida. La luz roja chocaba con sombras que debían ser agentes que vigilaban.
Melancólico, el alboroto llegaba hasta la zona militar mientras que soldados realizaban rondines, lejos del Tezontle. Los Invasores terciaron la siguiente estrofa: “Se juntaron varias clikas / porque querían tumbarlos / nunca les darán el gusto / les han hecho los mandados / y no soltarán el puesto / no esperen ese milagro”.

La gente del Tezontle era sencilla pero evitaba el diálogo con desconocidos. Sus labios guardaban secretos. Al tener en cuenta esto, era fácil comprender porque mujeres, hombres y niños miraban con recelo al forastero.
Eso formaba parte de la armadura que los alejaba y que tal vez sea descrita por el canto de Los Invasores, que advertían con voz ronca: “El jefe murió en la raya / su ejemplo tomen en cuenta / su puesto era zeta uno / y ese puesto se respeta / lo que les dejó inculcado / ser gente siempre derecha”.
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Un año después, en octubre de 2012, Heriberto Lazcano Lazcano, conocido con el mote de El Lazca o El Verdugo, máximo líder del cártel de Los Zetas, cayó abatido por la Marina en la localidad de Progreso, Coahuila; sin embargo, un comando armado robó el cuerpo de la funeraria. En ese entonces, un grupo de reporteros preguntamos al secretario de Seguridad Pública de Hidalgo, Damián Canales Mena, sobre la noticia que ocupaba las portadas de los diarios nacionales e internacionales, quien, tal vez en serio o quizá en broma, o las dos juntas, dijo: “A Lazcano lo hicieron mártir”.
El Lazca nació el 25 de diciembre de 1974 en Apan, Hidalgo. Su familia se dedicaba a vender barbacoa en Pachuca y permaneció activo en el Ejército entre 1991 y 1998, de acuerdo con el libro Hijo de la guerra, de Ricardo Raphael, quien narra que Heriberto Lazcano tenía un balneario en Atotonilco de Tula.
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