Lo que tienes que saber
- El scroll es infinito, la palabra inmediata, la reacción casi automática, y sin embargo, algo se nos está escapando… la escucha, el sentido, la responsabilidad del decir.
- No se trata de censurar ni de moralizar, se trata de educar la palabra, de entender que la libertad de expresión es un derecho, sí, pero también un ejercicio que se aprende.
- Que opinar no es lo mismo que argumentar, que viralizar no equivale a comprender, y que la tecnología amplifica todo, lo creativo y lo violento, lo luminoso y también lo cruel.
Vivimos en la época más ruidosa de la historia, nunca se había hablado tanto, escrito tanto, opinado tanto. El scroll es infinito, la palabra inmediata, la reacción casi automática, y sin embargo, algo se nos está escapando… la escucha, el sentido, la responsabilidad del decir.
Las tecnologías emergentes no son el problema, al contrario; la inteligencia artificial, las plataformas digitales, los entornos virtuales y los nuevos lenguajes están abriendo posibilidades inéditas para aprender, crear, investigar y comunicar. Hoy un estudiante puede acceder a bibliotecas enteras desde su teléfono, una docente puede transformar su aula con herramientas digitales, una comunidad puede organizarse y hacerse visible gracias a una red social. Y celebrar esto no es ingenuidad, es entender el tiempo que habitamos.
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Ahora bien, toda tecnología es también pedagogía; enseña formas de relacionarnos, de pensar y de nombrar el mundo. Y ahí aparece la pregunta incómoda, ¿estamos formando personas capaces de convivir con esta era sin destruirse en el intento?. No es una discusión menor, como escribió Hannah Arendt, “La palabra es el medio a través del cual los seres humanos se revelan unos a otros”. En el espacio público (hoy amplificado por lo digital) lo que decimos no solo informa, también construye vínculos, marca límites y define la forma en que coexistimos.
En México, más del 90% de adolescentes y jóvenes usan internet de manera cotidiana, la mayoría lo hace para informarse, expresarse y socializar; sin embargo, diversos estudios educativos señalan que menos del 40% ha recibido formación escolar sobre comunicación ética, pensamiento crítico digital o uso responsable de la palabra en entornos virtuales. Hablamos mucho de habilidades técnicas, pero poco de habilidades humanas.
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No se trata de censurar ni de moralizar, se trata de educar la palabra, de entender que la libertad de expresión es un derecho, sí, pero también un ejercicio que se aprende; que opinar no es lo mismo que argumentar, que viralizar no equivale a comprender, y que la tecnología amplifica todo, lo creativo y lo violento, lo luminoso y también lo cruel.
Las escuelas están llamadas a evolucionar, no para competir con las pantallas, sino para enseñar a habitarlas; a usar la tecnología como aliada del pensamiento, no como sustituto de él. A comprender que escribir un comentario, grabar un video o publicar una opinión también es un acto público que tiene impacto real en otras personas.
Educar hoy implica enseñar a convivir con la diferencia, con la crítica, con la incomodidad. Implica formar ciudadanos capaces de disentir sin destruir, de expresarse sin anular al otro, de usar las herramientas digitales para construir comunidad y no solo para reaccionar.
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