Lo que tienes que saber
- En el número 509 de la calle Lerdo de Tejada, sus columnas estilo jónico se alzan en el primer piso franqueado por las cabezas altivas de dos bravíos leones con los hocicos abiertos, y en la parte alta y central vigila al visitante la cara pétrea de un hombre que persiste en retener o recordar, un pasado que no regresará, olvidado ya.
- Insiste, en el interior fresco de este edificio que, desapercibido, está ubicado atrás de la presidencia municipal de Pachuca, en medio de la tarde calurosa y, allá, a unas cuantas calles de distancia, el estrépito de comercios y del mercado en un desorden como humo de mi recuerdo.
- Precisión en el manejo de datos, claridad en argumentos y redacción y siempre honestidad ante el lector son los pilares de La inocente polvorita y ejemplo para muchos de nosotros que aspiramos a detentar de manera digna el mote de reportero.
Hace seis años falleció el periodista hidalguense Anselmo Estrada Alburquerque, un 12 de marzo. Nacido el 21 de abril de 1936 en un mesón de la calle Abasolo, en el centro histórico de Pachuca, Don Chemo forjó carrera en diarios locales y nacionales, la cual es ejemplo para las nuevas generaciones de reporteros. A continuación transcribimos una semblanza del autor de la columna La inocente polvorita.
Junto al Sazón de mi tierra, separado por una casa modesta de tres viejas puertas de herrería oxidada, se aferra a sus cimientos un edificio antiguo de cantera desteñida por el tiempo y balcón pequeño de madera como testigo de glorias pasadas en esta ciudad ingrata que busca ser moderna.
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En el número 509 de la calle Lerdo de Tejada, sus columnas estilo jónico se alzan en el primer piso franqueado por las cabezas altivas de dos bravíos leones con los hocicos abiertos, y en la parte alta y central vigila al visitante la cara pétrea de un hombre que persiste en retener o recordar, un pasado que no regresará, olvidado ya.
De repente, Anselmo Estrada Alburquerque toca y descubre que la puerta está abierta. Pasa y dice buenas tardes, una, dos, hasta tres veces, buenas tardes, pero nadie contesta. Ladridos, motores de carros, los ruidos que recorren los barrios céntricos. Después, silencio.
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Insiste, en el interior fresco de este edificio que, desapercibido, está ubicado atrás de la presidencia municipal de Pachuca, en medio de la tarde calurosa y, allá, a unas cuantas calles de distancia, el estrépito de comercios y del mercado en un desorden como humo de mi recuerdo.

Yo observo su espalda, incómodo, pues entramos sin pedir permiso en una casa donde, al parecer, no estaban sus dueños.
Tienes miedo de la gente, me dice desde la experiencia del periodista que sabe que, para obtener historias, es necesario, en ocasiones, entrar sin permiso, tender puentes hacia lo que no conocemos, improvisar conforme la marcha.
Miedo a hablar, al fracaso, al rechazo, a la muerte de seres queridos, a la soledad, todo eso que no me suelta.
Recuerdo las paredes viejas y despintadas. Ese olor antiguo y penumbras. Recuerdo que al interior del edificio había viviendas, que, si uno prestaba atención podías ver luz tenue, escuchar voces, murmullos de radio destartalado, de televisión gangosa, de vida que fluye en el subsuelo y que espera ser descubierta, ser contada.
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Años después, la última vez que vi al señor Anselmo, me volvió a soltar la misma frase: tienes miedo.
Ante mi creciente enojo, cierta ocasión un compañero me cuestionó la reverencia y elogios hacia la figura del señor Anselmo Estrada Alburquerque, ya que, según mi entonces joven colega, yo también lo era, no se le conocía trabajo alguno.
—Se dice que es una vaca sagrada del periodismo, pero no sabemos a qué se debe eso—, me soltó, yo en el límite de la indignación.
Pero el compañero tenía algo de razón.
Para llegar al señor Anselmo nos queda por su cercanía la columna La inocente polvorita, disponible en hemerotecas, la cual, debido a su capacidad de síntesis y de interpretación de la realidad, comparte lugar con Red privada de Manuel Buendía y Plaza pública de Miguel Ángel Granados Chapa.

Precisión en el manejo de datos, claridad en argumentos y redacción y siempre honestidad ante el lector son los pilares de La inocente polvorita y ejemplo para muchos de nosotros que aspiramos a detentar de manera digna el mote de reportero.
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Así pues, a recordar, rescatar, descubrir y volver a los escritos del señor Anselmo, vamos, Don Chemo, así con mayúscula, quien, como ese edificio antiguo de cantera desteñida de la calle Lerdo de Tejeda, se aferra a los cimientos para recordarnos el paso del tiempo y los secretos que ahí atesora.
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