Lo que tienes que saber
- Durante décadas se ha repetido la idea de que el metal es un territorio vedado para la emoción romántica.
- Sus canciones más románticas no buscan la radio ni la lágrima fácil, nacen de la épica, del duelo, de la devoción profunda.
- En la misma línea, Fade to Black mostró que el dolor también puede ser íntimo, y que amar implica enfrentarse a la pérdida.
Durante décadas se ha repetido la idea de que el metal es un territorio vedado para la emoción romántica. Error cómodo. El metal no carece de baladas; simplemente no las edulcora. Sus canciones más románticas no buscan la radio ni la lágrima fácil, nacen de la épica, del duelo, de la devoción profunda. Son baladas pesadas, intensas, hechas para escucharse con atención y sin concesiones.
Metallica redefinió el concepto con Nothing Else Matters, una pieza que convirtió la vulnerabilidad en himno sin perder peso ni dignidad. No es una canción de amor convencional, es una declaración de confianza absoluta, casi existencial. En la misma línea, Fade to Black mostró que el dolor también puede ser íntimo, y que amar implica enfrentarse a la pérdida.
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En el metal sinfónico, Nightwish construyó un lenguaje propio donde el romance se eleva a categoría mitológica. Ever Dream, Sleeping Sun o The Islander hablan del amor como anhelo, como recuerdo que persiste incluso cuando todo se derrumba. Aquí la orquesta no suaviza, engrandece. El sentimiento se vuelve paisaje.
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Epica llevó el romanticismo a un plano más filosófico. Canciones como Feint o Safeguard no describen relaciones simples, sino vínculos atravesados por el conflicto interno, la fe y la razón. El amor aparece como fuerza transformadora, nunca ingenua. Simone Simons canta desde la firmeza, no desde la fragilidad impostada.
El metal gótico aportó algunas de las baladas más sombrías y honestas del género. Paradise Lost, con Forever Failure o Say Just Words, convirtió el desencanto amoroso en arte sobrio y elegante. My Dying Bride fue más lejos: The Cry of Mankind o For You son poemas de devoción y pérdida, donde el amor persiste incluso cuando ya no hay salvación.
Moonspell entendió el romance desde lo carnal y lo oscuro. Love Crimes o Vampiria no idealizan el sentimiento, lo muestran como obsesión, deseo y condena. Es un amor adulto, consciente de sus sombras.
Incluso en terrenos más extremos, el metal ha sabido detenerse. Opeth, con Harvest o Face of Melinda, probó que la brutalidad puede convivir con la ternura sin perder identidad. Aquí el silencio pesa tanto como la distorsión.
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Estas baladas no están hechas para San Valentín de escaparate. Están hechas para quienes entienden que amar también es resistir, recordar y aceptar la profundidad del otro. En el metal, el romance no se susurra, se sostiene.
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