Shareny Muñoz

Lo que tienes que saber

  • El 8 de marzo en México siempre tiene algo de paradoja, mientras miles de mujeres salen a las calles con carteles, consignas y nombres escritos en cartulina, hay otras que no marchan.
  • Empieza en el comentario que ridiculiza, en la burla que se celebra y en la idea persistente de que la vida de una mujer vale menos.
  • Eso significa que todavía podemos cambiarla, podemos formar niñas que no crezcan pidiendo permiso para existir, jóvenes que no confundan fuerza con violencia, y podemos formar generaciones que entiendan que la igualdad no es una consigna, sino una forma de convivencia.

El 8 de marzo en México siempre tiene algo de paradoja, mientras miles de mujeres salen a las calles con carteles, consignas y nombres escritos en cartulina, hay otras que no marchan. No marchan porque están buscando en cerros, en brechas, en terrenos baldíos; buscando con una pala, con una varilla, pero sobre todo, con la esperanza obstinada de encontrar a una hija que nunca volvió.

Ese es el verdadero paisaje del 8M mexicano. No el de las flores ni el de las felicitaciones, sino el de un país que conmemora mientras intenta explicar por qué tantas mujeres siguen desapareciendo.

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Hoy México registra más de 133 mil personas desaparecidas, y casi 30 mil de ellas son mujeres, muchas menores de 20 años. No son números fríos, son vidas interrumpidas, son familias que dejaron de dormir, y son madres que aprendieron a leer la tierra porque nadie más lo hizo por ellas.

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Mientras tanto, las calles vuelven a llenarse de protesta. Este año en Pachuca la escena fue clara, vallas metálicas rodeando el Palacio de Gobierno y el Reloj Monumental, colocadas antes de la marcha del 8M; y del otro lado, colectivas feministas avanzando con consignas, memoria y rabia.

La imagen dice mucho de nuestro tiempo… por un lado, mujeres intentando romper el silencio, y por otro, instituciones intentando contener la protesta.

Y sin embargo, el problema es mucho más profundo que una marcha. Porque México no solo enfrenta violencia, enfrenta normalización de la violencia.

Los datos son escalofriantes, en el país alrededor de diez mujeres son asesinadas cada día, una cifra que se repite año tras año como una alarma que parece no lograr despertarnos. Al mismo tiempo, informes oficiales señalan que más del 70 % de las mujeres mexicanas ha vivido al menos un tipo de violencia a lo largo de su vida.

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Ese contexto explica por qué el 8M no es un festejo, es una conmemoración incómoda. Pero también es una pregunta. ¿Qué nos está fallando como sociedad para que esta violencia siga repitiéndose?

Y ahí aparece una palabra que muchas veces se queda fuera de la conversación pública: educación.

La violencia no aparece de la nada, se aprende, se tolera y se normaliza. Empieza en el comentario que ridiculiza, en la burla que se celebra y en la idea persistente de que la vida de una mujer vale menos.

Por eso las escuelas, y también las familias, siguen siendo uno de los pocos lugares donde un país puede intentar corregirse a sí mismo.

Educar no es solo enseñar matemáticas o historia, es enseñar respeto, enseñar límites y enseñar que la dignidad no se negocia.

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La escritora Chimamanda Ngozi Adichie lo explicó con una frase que hoy resuena con fuerza “La cultura no hace a las personas; las personas hacen la cultura.”

Eso significa que todavía podemos cambiarla, podemos formar niñas que no crezcan pidiendo permiso para existir, jóvenes que no confundan fuerza con violencia, y podemos formar generaciones que entiendan que la igualdad no es una consigna, sino una forma de convivencia.

Pero para eso necesitamos algo más que marchas una vez al año, necesitamos una sociedad que deje de acostumbrarse al horror. Porque mientras haya madres buscando a sus hijas en la tierra, el 8 de marzo seguirá siendo menos una fecha y más una pregunta incómoda.

Una pregunta que México todavía no ha sabido responder, y que seguirá ahí, cada año, recordándonos que la deuda con las mujeres no se paga con discursos… se paga con justicia.

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