Shareny Muñoz

Lo que tienes que saber

  • La violencia cotidiana que atraviesa al estado no se queda en la calle ni en los titulares, se filtra en los pasillos, en la convivencia diaria, en la manera en que se normaliza el trato rudo, la burla constante o la exclusión.
  • Hablar de violencia en las escuelas no es exagerar, es reconocer que el aprendizaje ocurre en un contexto emocional y social, que no se puede enseñar respeto donde se tolera la humillación y no se puede hablar de formación integral cuando se ignora el miedo, la vergüenza o el silencio.
  • Si la escuela ha de ser un espacio de formación real, necesita convertirse también en un espacio de cuidado, donde no se enseñe a aguantar, sino a poner límites, donde no se premie el silencio, sino la palabra, donde la convivencia no sea un tema secundario, sino parte esencial del aprendizaje.

La violencia no siempre se presenta con estruendo, a veces se instala en pequeños gestos, en risas que incomodan, en comentarios que parecen inofensivos o en silencios que pesan más de lo que se dice. Y cuando una niña o un niño entra a la escuela, muchas veces trae consigo una carga que no debería formar parte de su día a día, pero que igual se cuela en el espacio educativo.

La violencia cotidiana que atraviesa al estado no se queda en la calle ni en los titulares, se filtra en los pasillos, en la convivencia diaria, en la manera en que se normaliza el trato rudo, la burla constante o la exclusión. La escuela, lejos de ser una burbuja aislada, termina reflejando con crudeza lo que sucede afuera.

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Datos oficiales muestran que México enfrenta una crisis estructural de acoso escolar, con más de 28 millones de estudiantes en situación de riesgo y siete de cada diez alumnas y alumnos que han presenciado o vivido violencia entre pares, según datos recopilados en el foro “Aulas sin Miedo” con participación de la SEP y organizaciones especializadas; en contextos como el de Hidalgo, donde la violencia comunitaria y familiar también forma parte del paisaje cotidiano, estas dinámicas no desaparecen al cruzar una reja escolar, al contrario, suelen replicarse.

En medio de ese escenario, una frase escuchada al paso, dice más que cualquier estadística: “Me dijeron que así era la escuela, que mejor me acostumbrara.” No hay dramatismo en esas palabras, hay resignación, y eso es lo que más duele.

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Porque cuando alguien aprende a acostumbrarse a la violencia, algo más profundo se rompe, se normaliza la agresión, se minimiza el daño y se aprende que callar es una forma de sobrevivir. Para muchas niñas y adolescentes, esa enseñanza no escrita se suma a otras violencias que ya cargan, y termina marcando su relación con el aprendizaje, con el espacio educativo y consigo mismas.

La pedagoga y pensadora Gloria Jean Watkins, conocida como bell hooks advertía que “la educación puede ser una práctica de libertad o una práctica de dominación”, la diferencia entre una y otra no está solo en los contenidos, sino en la forma en que se construye la convivencia; cuando la violencia no se nombra, cuando se trivializa, cuando se deja pasar de largo, la educación deja de liberar y comienza a repetir patrones que duelen y lastiman.

Hablar de violencia en las escuelas no es exagerar, es reconocer que el aprendizaje ocurre en un contexto emocional y social, que no se puede enseñar respeto donde se tolera la humillación y no se puede hablar de formación integral cuando se ignora el miedo, la vergüenza o el silencio.

La educación tiene un par de tareas urgentes, aprender a leer su propio entorno, detectar cuándo una broma deja de serlo, cuestionar cuándo una conducta se vuelve sistemática, y acompañar antes de que el daño se vuelva costumbre. Porque la violencia cotidiana no siempre grita, pero siempre nos demuestra algo.

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Si la escuela ha de ser un espacio de formación real, necesita convertirse también en un espacio de cuidado, donde no se enseñe a aguantar, sino a poner límites, donde no se premie el silencio, sino la palabra, donde la convivencia no sea un tema secundario, sino parte esencial del aprendizaje.

Porque cuando la violencia se sienta en el pupitre, no solo interrumpe una clase, interrumpe trayectorias, confianzas y futuros. Y educar, en el sentido más profundo, también es decidir que eso no puede seguir siendo normal.

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