En pleno siglo XXI, el clamor por proteger la naturaleza resuena con fuerza. Día tras día, el entorno ecológico recupera el espacio que pierde a manos de la tala indiscriminada, el uso voraz de recursos naturales y la expansión desmedida de la civilización. Sin embargo, en medio de este panorama, hay un aliado inesperado: las ganaderías de toros de lidia. Sí, esas tierras dedicadas a la tauromaquia que, lejos de ser un anacronismo, podrían estar sosteniendo un equilibrio ecológico que pocos reconocen.
Tomemos el caso de Hidalgo, un estado donde la superficie forestal ronda las 876,652 hectáreas, según el estudio más reciente de biodiversidad estatal. De ellas, más de 12,000 están destinadas al llamado “campo bravo”, esas extensiones donde se cría al toro de lidia. No son solo pastizales para un animal; son refugios vivos. En estas tierras, sistemas de dehesa —paisajes agroforestales con encinos, magueyes y mezquites— albergan venados, tlacuaches, conejos, zorrillos, aves migratorias e insectos polinizadores como abejas y mariposas. Y en las ganaderías inmersas en bosques, la lista de especies protegidas se multiplica por miles, sí, por miles.
Resulta curioso, por no decir frustrante, que en el eterno debate entre detractores y defensores de la tauromaquia, solo del lado taurino se ha puesto sobre la mesa el argumento sobre lo que pasaría si estas áreas desaparecieran. Porque no se trata solo del toro: eliminar el campo bravo podría ser un golpe devastador para la biodiversidad que depende de él. En Hidalgo, 40 ganaderías registradas ante la Sagarpa —14 de ellas afiliadas a la Asociación Nacional de Criadores de Toros de Lidia— no solo crían bureles para exportar a otros estados o para festejos locales como capeas y becerradas, sino que mantienen un ecosistema que resiste el avance del asfalto y el monocultivo.
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Hablemos del toro mismo. El toro de lidia, una raza única de Bos taurus, solo existe en países donde la tauromaquia sigue viva: España, Portugal, Francia, Colombia, Perú, Ecuador, Venezuela y México. Sin estas ganaderías, su linaje desaparecería, no por extinción biológica, sino por falta de propósito. Nada iguala al indulto en una corrida: un toro de cualidades excepcionales es preservado, permitiendo que su semilla impulse una mejora genética, robusteciendo la raza y enriqueciendo el equilibrio ecológico del ecosistema ganadero.
No es un animal de granja; su naturaleza salvaje exige espacios amplios —al menos 1.5 hectáreas por cabeza— donde se alimenta y se mueve libremente, desarrollando una musculatura que lo distingue en el reino animal. Veterinarios, ganaderos y cuidadores velan por su salud desde antes de nacer, un contraste brutal con el destino del bisonte americano, cazado hasta el borde de la extinción en el siglo XIX.
Y luego está el argumento de la mesa. Para consumo humano, la carne del toro de lidia, dura pero cargada de proteínas, hierro, zinc y creatina, es un manjar sano, fruto de una vida en libertad, no de un corral industrial y libre de clembuterol. Para una novillada, el toro llega a los 2 o 4 años; para una corrida, entre 4 y 6, en su plenitud física. Sí, su lidia implica un final, pero su tiempo de sufrimiento palidece frente a la crueldad de los rastros, donde millones de animales mueren para el mismo fin: el consumo humano.
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Entonces, ¿qué pesa más? ¿La tradición y su inesperado rol ecológico o las críticas que buscan su fin? Prohibir la tauromaquia no solo pondría en jaque una herencia cultural, sino también los ecosistemas que estas ganaderías sostienen. Sería una ironía trágica si, en nombre de la protección animal, condenáramos a la extinción no solo a una raza única de toro, sino también a los ecosistemas que estos animales ayudan a preservar.
La tauromaquia no es solo un espectáculo cultural; es, quiéranlo o no, un pilar de la biodiversidad que merece ser repensado, no desechado. No se debe reducir a un “me gusta” o “no me gusta”. Defendamos a los toros, sí, y a los ecosistemas que resguardan con su existencia.
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