Henry Sevilla

Lo que tienes que saber

  • Fortnite cambió la manera en que se entienden los videojuegos modernos, y lo hizo con la fuerza de un fenómeno cultural que trascendió pantallas, edades y fronteras.
  • Su éxito impulsó a todo un sector a adoptar prácticas similares, generando una ola de imitaciones que cambió para siempre la forma en que los estudios conciben sus lanzamientos.
  • En ese sentido, su triunfo fue también el inicio de una era donde la pasión y la paciencia del jugador quedaron subordinadas al calendario de actualizaciones y a la presión de las temporadas.

Hay juegos que no elegimos amar, pero cuyo peso en la historia es imposible ignorar. Fortnite es uno de ellos. Personalmente, detesto su existencia. No porque sea un mal juego (técnicamente, está lejos de serlo) sino porque representa ese giro en la industria hacia el modelo de servicio infinito, ese ciclo perpetuo de temporadas, microtransacciones y recompensas que parecen hechas para mantenernos conectados, no para emocionarnos. Pero negar su importancia sería ingenuo. Fortnite cambió la manera en que se entienden los videojuegos modernos, y lo hizo con la fuerza de un fenómeno cultural que trascendió pantallas, edades y fronteras.

La historia de su ascenso es casi tan improbable como su éxito. Epic Games lo lanzó en 2017 como un título de supervivencia cooperativa llamado Save the World, pero su modo Battle Royale, lanzado meses después, lo transformó todo. Con una fórmula que combinaba disparos, construcción y un estilo visual colorido, Fortnite se convirtió en el epicentro de una nueva era: la de los juegos como servicio. Mientras otros títulos buscaban narrativas o finales, Fortnite ofrecía algo más adictivo: permanencia. Un mundo en constante movimiento, capaz de reinventarse cada pocas semanas con nuevos eventos, personajes y colaboraciones.

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Su impacto cultural fue inmediato. Millones de jugadores, muchos de ellos jóvenes, lo convirtieron en su punto de reunión digital, su red social y su escenario. Lo que empezó como un juego se transformó en una plataforma de entretenimiento total: conciertos de artistas reales, colaboraciones con franquicias de cine, y eventos narrativos en vivo que desafiaban la lógica tradicional del medio. Fortnite se convirtió en el primer videojuego que entendió, de verdad, lo que significaba el “metaverso”: un espacio compartido donde todo puede coexistir, desde Star Wars hasta Dragon Ball.

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La jugabilidad, para quien busca una experiencia narrativa o artística, puede parecer vacía o repetitiva. Pero su diseño es impecable. El equilibrio entre acción y creatividad (esa dualidad entre disparar y construir) logró algo inédito: que cada jugador pudiera expresarse no solo a través de su habilidad, sino de su estilo. Su accesibilidad, su ritmo y su lenguaje visual fueron tan efectivos que incluso quienes lo critican (como yo) debemos admitir que pocas veces un videojuego ha sabido comprender tan bien la psicología de su público.

El modelo económico, eso sí, marcó un antes y un después en la industria. Fortnite consolidó la idea de que un juego gratuito podía ser infinitamente rentable gracias a las microtransacciones estéticas. Su éxito impulsó a todo un sector a adoptar prácticas similares, generando una ola de imitaciones que cambió para siempre la forma en que los estudios conciben sus lanzamientos. En ese sentido, su triunfo fue también el inicio de una era donde la pasión y la paciencia del jugador quedaron subordinadas al calendario de actualizaciones y a la presión de las temporadas.

La música y los eventos en vivo fueron otro punto de inflexión. Desde el concierto de Travis Scott hasta la aparición de Eminem o Ariana Grande, Fortnite redefinió lo que significaba “jugar juntos”. No era solo un shooter: era un escenario donde millones de personas podían compartir un momento colectivo en tiempo real. Un espectáculo que mezclaba tecnología, cultura pop y participación de una manera que ningún otro juego había logrado.

Y, sin embargo, más allá de toda su innovación, me cuesta sentir algo real al jugarlo. Detrás del brillo, de las colaboraciones y de los bailes, hay algo que se siente vacío. Fortnite es el símbolo de una industria que a veces confunde permanencia con profundidad. Un juego que cambió el mundo, sí, pero que también representa lo que perdimos en el camino: la magia de los títulos que terminaban, que se quedaban en nosotros por lo que contaban, no por cuánto duraban.

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No puedo amar Fortnite, pero no puedo negarlo.

Cambió la industria, definió una generación y enseñó a los estudios cómo construir universos vivos. Pero también nos recordó algo que vale la pena no olvidar: que el brillo constante puede cegar, y que no todo lo infinito es eterno.

Porque Fortnite no fue solo el comienzo de una nueva era en los videojuegos.

Fue también el punto exacto donde muchos comprendimos que, a veces, ganar el mundo puede costarte el alma del juego.

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