Lo que tienes que saber

  • Ambos habían acudido a comer a La Palapa, donde se come rico y barato, y en coincidencia se encontraron con el presbítero luchador.
  • Los únicos testigos son los periódicos impresos que en ese tiempo llegaron a ilustrar, en sus primeras planas, la noble tarea de un ser humano, apegado a la religión, que daba su vida por dar alimento, vestimenta y estudios a niños-adolescentes que no tenía ni casa, ni techo, ni qué vestir.
  • , cuya identidad sigue en el anonimato debido a que no ha perdido la máscara en combate.

Ahí llegó, lento en su paso. Ya 81 años de vida y más de 50 años de historia en la lucha libre profesional. Hidalguense de nacimiento, pero más de corazón.

La máscara que le dio vida en el ring, en tono rojo y dorado, se volvió a recordar lentamente. Es inconfundible: Fray Tormenta está aún de pie.

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Descendió del vehículo que rodó hasta llegar al lugar de la cita: Restaurante La Palapa Campestre, al poniente de Pachuca.

No había dos, ni tres, ni cuatro seguidores de “la maroma”. Se contaban más de un centenar en ese momento. Todos, con máscaras y artículos alusivos al emblemático personaje. Todos, a la espera de poder obtener el autógrafo para el recuerdo.

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“Es el padrecito que se metió a la lucha libre para sostener a niños huérfanos, dijo Edgar Hernández, de 52 años de edad.

“El que fuimos a ver cuando estaba yo bien chavito…”, respondió su hijo Beto, de ya 25 años.

Ambos habían acudido a comer a La Palapa, donde se come rico y barato, y en coincidencia se encontraron con el presbítero luchador.

En el lugar, la efervescencia entorno al religioso no cesó.

Fotos y fotos y más fotos con el enmascarado. En lo inmediato, también, los autógrafos unos tras otros. Todos aprovechando el momento. Hasta los comensales que, sin querer, había estado en el lugar indicado.

Después de muchos años sin su presencia formal, pública, en la Bella Airosa, Sergio Gutiérrez Benítez, mejor conocido como Fray Tormenta, se dejó ver y consentir.

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Más de 20 años de lucha profesional, con cuadriláteros llenos, marcaron su historia. Otros 5, sin ser profesional, pero con la misma garra en los enfrentamientos enmascarados.

El objetivo siempre fue uno solo: recaudar fondos económicos para el orfanato que sostenía. La llamada “Casa Hogar Los Cachorros de Fray Tormenta”, que todavía se ubica en Texcoco.

En fechas, su reconocimiento como luchador profesional encierra una polémica: En 1976, dicen unos; otros que fue en 1977. Cada uno es fiel a su verdad.

Los únicos testigos son los periódicos impresos que en ese tiempo llegaron a ilustrar, en sus primeras planas, la noble tarea de un ser humano, apegado a la religión, que daba su vida por dar alimento, vestimenta y estudios a niños-adolescentes que no tenía ni casa, ni techo, ni qué vestir.

Los recuerdos los platica el propio Fray Tormenta, mientras es atendido por los anfitriones del restaurante La Palapa Campestre, Carlos Márquez Muñoz, su hijo Carlos Márquez Campos, sus compañeros de trabajo, incluyendo al famoso “Dany”.

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Junto él, en mesa lustrada con mantel blanco y sobremesa en tono amarillo, se flanquearon sus discípulos, ambos de la lucha libre: Antonio Martínez Sánchez, mejor conocido como El Chacal, y Fray Tormenta Jr., cuya identidad sigue en el anonimato debido a que no ha perdido la máscara en combate.

Ambos heredaron sus pasos. Incluso, Antonio Martínez es sacerdote del barrio El Arbolito, en Pachuca; otros, llegaron a ser médicos, ingenieros, licenciados, arquitectos, etc. etc. etc.

Todo, gracias a Fray Tormenta, el sacerdote luchador que se hizo leyenda

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