En los últimos días hemos sido presas de los trends de las redes sociales sobre imágenes con la estética de las animaciones del Estudio Ghibli, todas en su mayoría creadas por la inteligencia artificial, a través de aplicaciones como ChatGPT, poniendo sobre la mesa de nueva cuenta el tema de los límites de la IA y su relación con los derechos de autor.
Usuarios de varias partes del mundo, clases sociales, trabajos y edades se pusieron entre el fuego cruzado de Ghibli, exigiendo respeto a su trabajo y ChatGPT, poniendo a merced de sus usuarios una herramienta tan sencilla para pasar de una foto a una estética que muchos amamos.
A partir de una actualización de ChatGPT que derivó en OpenAI, en redes sociales, memes, fotos históricas, funcionarios y gente típicamente normal asidua a estas plataformas se transformaron a la usanza del Estudio Ghibli. Debo confesar que también sucumbí, pero ¿por qué es tan grave que hayamos subido una inofensiva foto a nuestro perfil con el estilo del estudio detrás de Mi vecino Totoro?
Se ha hablado acerca de la sobrecarga en los servidores de ChatGPT y las restricciones para quienes usan la versión gratuita, pero ¿qué hay acerca del uso de agua debido al consumo de energía en los centros de datos? Ahí está una primera implicación acerca de qué tan inofensivo es subir una selfie y ponerla como foto de portada.
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La otra gravedad viene del reclamo que Hayao Miyazaki hizo desde el 2016, el hecho de no respetar el trabajo de los animadores y “copiar” un trabajo que ha tomado años desarrollar y que ha dado de comer quizá a generaciones enteras, el trabajo honesto que la IA quizá no conoce, ¿o sí?
Lo que es cierto es que la inteligencia artificial ha sido estigmatizada y, sin echar culpas a nadie, casi satanizada, cuando quizá podría ser una tecnología que debería hacer más fácil la vida de los seres humanos; el problema es que en manos equivocadas y con fines poco éticos, las tecnologías pueden provocar más daños que bienes, porque quizá el que empezó con este revuelo solo vio una forma de volver algo cotidiano en algo que a quienes hemos visto las películas de Ghibli se nos hace lindo o de buena fe; pero cuando vemos cosas tan detestables como esa imagen que La Casa Blanca publicó, es entonces que hablamos de algo aberrante.
¿Quién hace más daño? ¿María, que vio una imagen, buscó cómo hacerla al estilo Ghibli porque es fan del Estudio desde que vio El viaje de Chihiro e inocentemente subió su foto con su esposo y su bebé para tener una imagen linda que terminó en su perfil de Facebook? ¿O el político que oculta una serie de acusaciones en su contra, tan graves que ha sido protegido por sus compañeros de partido, que vio el “trend” y simplemente mandó a su equipo a hacer no una, sino toda una galería con imágenes que lo retratan como el Mesías que todos sus gobernados estaban esperando?
Subir tu foto a un ChatGPT consciente de lo que significa el trabajo de miles de personas detrás de historias tan maravillosas como El increíble castillo vagabundo o La princesa Mononoke (que incluso toca temas sobre el despiadado uso de recursos naturales de los humanos) no es un pecado; pecado es subirte al trend por el simple hecho de un like sin esa conciencia de que detrás de una inteligencia artificial debe de haber alguien que tome el control antes de ser controlado.
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Para Hayao Miyazaki, se entiende el hecho de que ChatGPT no está remunerando a los ilustradores que han hecho este trabajo por años (hasta Colombia quiso ser parte de ello). No está haciendo nada con el crédito del estudio japonés; la implicación va directamente al mundo y al coste que tiene, sobre todo en nuestros recursos naturales. Sentirnos culpables tampoco remedia algo que ChatGPT sigue desarrollando; lo que hizo con Ghibli bien lo podrá hacer con otro estudio. ¿Debemos entonces parar?
En mi nunca humilde opinión, sí debemos de poner en la mesa los alcances de una inteligencia que, seamos honestos, no sabemos hasta qué punto sea invasiva en el quehacer de los humanos. Hay personalidades que creen que este tipo de tecnología es una nueva panacea que promete el Nirvana a la humanidad y creen que dejando libre su uso, será un avance histórico, sin ser capaces de evaluar y priorizar el trabajo humano que hasta el momento no podría ser reemplazado.
Aunque se escuche como el guion de una película de ciencia ficción o distopías que ya se han contado antes, el ser humano debe de aprender de sus errores, la IA debe seguir siendo una cuestión de prueba y error, y claro que debe ser controlada, aunque de nuevo, hablemos con la pura verdad, en intereses políticos y de poder, la legislación de dicha herramienta quedaría en manos de quienes, sin escrúpulos, la usarían a su conveniencia y ahí sí, qué miedo.
La recomendación: Malviájense conmigo y vean Ex Machina, película dirigida por Alex Garland (mente detrás de cintas como Guerra Civil y Aniquilación) de los primeros éxitos del estudio A24, que aborda los peligros de hacer a la IA una inteligencia autoconsciente… Hasta aquí. ¡Corte y queda!
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