Henry Sevilla

Lo que tienes que saber

  • Esa primera caminata por el campo de Hyrule, con la música de Koji Kondo elevándose mientras el sol salía sobre el horizonte, no era solo el comienzo de una partida.
  • La serenidad de la Song of Storms, la melancolía de Midna’s Lament, la calma de Zelda’s Lullaby, la esperanza del Great Sea Theme o la majestuosidad del Main Theme de Breath of the Wild.
  • el sistema de apuntado Z de Ocarina of Time, la navegación libre de Wind Waker, el control por movimiento de Skyward Sword, la física emergente y la libertad….

En este espacio solemos hablar de videojuegos en particular, analizar sus mecánicas, su música o sus historias. Pero hay ocasiones tan especiales que merecen detener el tiempo y mirar hacia algo más grande. Hoy no toca hablar de un solo título, sino de una franquicia que cambió para siempre el mundo del videojuego y por qué no decirlo, también mi vida. Una que nos enseñó que la aventura puede ser arte, emoción y trascendencia. Hoy celebramos los 40 años de The Legend of Zelda, una saga que ha acompañado generaciones enteras y que, para muchos de nosotros, se ha convertido en parte de lo que somos.

Recuerdo perfectamente la primera vez que tomé un control y escuché aquel tintineo inconfundible del hada guiando a Link. Ocarina of Time fue mi primer contacto con la saga, y en muchos sentidos, el momento en que comprendí que los videojuegos podían ser algo más que simples pasatiempos. Había algo diferente en ese mundo: una sensación de descubrimiento, de libertad y de propósito que muy pocos títulos han logrado replicar. Esa primera caminata por el campo de Hyrule, con la música de Koji Kondo elevándose mientras el sol salía sobre el horizonte, no era solo el comienzo de una partida: era el inicio de un vínculo.

Suscríbete a nuestro canal de WhatsApp y entérate de todas las noticias al instante

De ahí en adelante, cada entrega fue una nueva etapa de mi vida.

Majora’s Mask me enseñó sobre el tiempo, la pérdida y el miedo a olvidar. The Wind Waker me habló del cambio, de dejar atrás el pasado y mirar hacia un horizonte desconocido con esperanza. Twilight Princess me sumergió en la dualidad, en la belleza que puede nacer de la oscuridad. Skyward Sword exploró el origen mismo de la leyenda, recordándonos que incluso los héroes más grandes comienzan como soñadores. Y Breath of the Wild y Tears of the Kingdom reinventaron la fórmula por completo, convirtiendo la libertad en su lenguaje principal y demostrando que incluso después de cuatro décadas, Zelda sigue sabiendo cómo sorprendernos.

LEE: Halo: Combat Evolved – La nueva era del Gaming

La historia de la saga ha sido, en realidad, la historia de nosotros mismos. Con cada nueva encarnación de Link y Zelda, con cada ciclo de destrucción y renacimiento, aprendimos a ver el paso del tiempo reflejado en esos mundos. The Legend of Zelda no es una cronología, es un espejo. Un recordatorio de que toda historia, por más grande o pequeña que sea, puede ser contada de nuevo, de otra manera, con otro corazón.

La música, piedra angular de la identidad de la serie, ha sido siempre el alma de la aventura. Koji Kondo, Toru Minegishi, Hajime Wakai y tantos otros compositores crearon sinfonías que van más allá de lo sonoro: son emociones puras. La serenidad de la Song of Storms, la melancolía de Midna’s Lament, la calma de Zelda’s Lullaby, la esperanza del Great Sea Theme o la majestuosidad del Main Theme de Breath of the Wild.

CHECA: Sonic Adventure 2: Lo mejor de Sega

Cada una de esas melodías no solo evoca momentos, sino sentimientos: crecer, perder, amar, seguir adelante. La música de Zelda no acompaña la aventura; es la aventura misma.

A lo largo de los años, también hemos aprendido que la saga es mucho más que una lucha entre el bien y el mal. Es una reflexión sobre el equilibrio. Sobre el valor de la sabiduría, la fuerza y el coraje, no como poderes divinos, sino como virtudes humanas. Zelda nunca ha sido solo una historia de héroes y princesas, sino de personas que, enfrentadas a lo inevitable, deciden actuar. Porque Link no habla, pero su silencio dice más que mil palabras: que todos podemos ser héroes, aunque nadie nos lo pida.

En lo técnico, Zelda siempre ha sido sinónimo de innovación. Cada título marcó un nuevo estándar: el sistema de apuntado Z de Ocarina of Time, la navegación libre de Wind Waker, el control por movimiento de Skyward Sword, la física emergente y la libertad total de Breath of the Wild. Pero lo que realmente distingue a la saga no son sus mecánicas, sino lo que hacen sentir.

DEBES LEER: Resident Evil 3 Nemesis : Staaars

Explorar un templo no es solo resolver acertijos: es comprender su lógica interna, su historia. Encender una antorcha, mover un bloque o descubrir un cofre no son simples acciones: son pequeñas victorias personales. En Zelda, el progreso siempre se mide en momentos de claridad.

Recuerdo las noches que pasaba hablando con mi hermano, intentando descifrar cómo superar algún templo o resolver un puzzle imposible. Entre ideas, risas y frustraciones compartidas, terminábamos encontrando la solución, y esa pequeña victoria sabía mejor que cualquier tesoro del juego. Zelda no solo nos enseñó a pensar y a tener paciencia, sino a disfrutar el viaje, a compartir el asombro y la satisfacción de resolver juntos lo imposible.

Y siempre que me siento triste o estoy pasando por algún problema, Hyrule me abre sus puertas. A veces no necesito derrotar a Ganon ni salvar el reino; basta con cabalgar sin rumbo, dejar que el viento me guíe y escuchar sus melodías. Hay algo en esos paisajes, en esas notas suaves que se mezclan con el murmullo de las hojas, que calma el alma. Es como si el mundo de Zelda supiera cuándo necesito refugiarme en él, cuándo necesito recordar que la paz también puede encontrarse en un campo verde o bajo un atardecer dorado.

Hay algo profundamente humano en volver a Hyrule. No importa cuántas veces lo hayamos hecho: siempre hay algo nuevo que descubrir. Un secreto oculto, una melodía que creíamos olvidada, una emoción que pensábamos superada. Esa es la magia de Zelda: su capacidad de renovar el asombro.

Y aunque han pasado cuatro décadas, la leyenda no ha envejecido.

Sigue creciendo, sigue inspirando. Porque mientras existan quienes sueñen con tomar una espada, resolver un templo o cabalgar hacia un amanecer desconocido, The Legend of Zelda seguirá viva.

Al final, no importa cuántos mundos recorramos, cuántas veces empuñemos la espada o enfrentemos la oscuridad. Zelda siempre está ahí para recordarnos que el héroe no nace del destino, sino del corazón. Que toda gran aventura empieza con un paso, una nota, una chispa de valor.

Todos los videojuegos tienen una historia…

pero solo uno se convirtió en leyenda.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *