Lo que tienes que saber
- Cuando desde el discurso público se insiste en que ciertos hechos son “aislados”, “controlados” o “parte de la normalidad”, la educación tiene el deber ético de enseñar a cuestionar sin incendiar, a analizar sin polarizar.
- Empieza en casa, en cómo se conversa la noticia, en si se glorifica o se contextualiza, en si se calla por miedo o se explica con responsabilidad.
- Inicia en la mesa familiar, en el ejemplo cotidiano, en la forma en que los adultos procesamos la realidad frente a quienes están aprendiendo a interpretarla.
La noticia estalló en redes antes que en las sobremesas; operativo, enfrentamientos, bloqueos e incendios. Un nombre volvió a dominar la conversación pública, otra vez la violencia ocupando el centro del país, otra vez el miedo circulando más rápido que la información.
Y mientras tanto, al día siguiente, millones de niñas, niños y jóvenes entrarán a sus aulas; en un país donde la violencia organizada se ha vuelto parte del paisaje informativo, la pregunta ya no es solo qué pasó, sino qué estamos haciendo frente a lo que pasa. Porque lo verdaderamente delicado no es el operativo en sí, sino la normalización. El acostumbramiento, esa peligrosa sensación de que “así es México” y no hay nada que discutir.
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Según datos del INEGI, más del 60% de la población adulta percibe inseguridad en su entorno inmediato. La percepción no es un dato menor, pues modela decisiones, modifica rutinas y redefine expectativas. Y los adolescentes no viven en una cápsula; escuchan, observan, consumen titulares y construyen su idea de país con lo que ven.
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Aquí es donde la educación deja de ser un trámite académico y se convierte en una responsabilidad histórica. La escuela no es culpable de la violencia estructural del país, en lo absoluto, pero sí puede ser el único espacio medianamente seguro donde se puede hablar de ella sin consignas, sin propaganda y sin miedo. El único lugar donde se puede enseñar a distinguir entre hechos y narrativas, entre información y manipulación, entre resignación y pensamiento crítico.
Porque hay algo más peligroso que los bloqueos, y es la idea de que todo es inevitable. Cuando desde el discurso público se insiste en que ciertos hechos son “aislados”, “controlados” o “parte de la normalidad”, la educación tiene el deber ético de enseñar a cuestionar sin incendiar, a analizar sin polarizar. No para generar rebeldías vacías, sino para formar criterio.
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La responsabilidad no es solo del Estado ni únicamente de las escuelas; empieza en casa, en cómo se conversa la noticia, en si se glorifica o se contextualiza, en si se calla por miedo o se explica con responsabilidad. La educación no inicia en el pizarrón; inicia en la mesa familiar, en el ejemplo cotidiano, en la forma en que los adultos procesamos la realidad frente a quienes están aprendiendo a interpretarla.
Y aquí la pregunta incómoda, ¿estamos formando jóvenes capaces de pensar el país que habitan o solo espectadores acostumbrados al estruendo?
En medio de la violencia, la escuela puede ser el único lugar donde alguien les diga que el futuro no está escrito por los titulares del día. Donde se hable de legalidad, de ética pública, de convivencia democrática, no como discursos abstractos, sino como prácticas posibles.
Porque educar en este contexto no es fingir que nada pasa, es enseñar que lo que pasa merece ser comprendido. Y que comprender es el primer paso para transformar.
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En un país sacudido por hechos que dividen y estremecen, la escuela puede seguir siendo ese espacio donde se aprende que el pensamiento crítico es una forma de valentía civil.
Como dijo Paulo Freire, “La educación no cambia el mundo, cambia a las personas que van a cambiar el mundo.” Y eso, en tiempos como estos, es lo que más necesitamos.
