Lo que tienes que saber
- Aquí no solo se viene a comer, se viene a recordar.
- Porque si algo tiene claro Ruy es que este lugar no solo ha visto la historia… ha sido parte de ella.
- En quienes vuelven después de años y se sientan en la misma mesa, ahora acompañados de sus hijos o nietos.
En el corazón de Pachuca hay lugares que no solo sobreviven al tiempo… lo cuentan. La Luz Roja es uno de ellos.
Frente al Palacio de Gobierno, entre el ir y venir cotidiano, este sitio lleva 115 años haciendo algo más que servir comida: conserva memoria. Aquí no solo se viene a comer, se viene a recordar.
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Detrás de esta historia está Ruy Mario Cuevas Romero, quien hoy encabeza, junto con su hermano, una nueva etapa del negocio familiar. Su camino parecía otro: médico veterinario zootecnista, especializado en ovinocultura, con maestría en agronegocios. Pero hay cosas que no se estudian… se heredan.

La cuna lo jaló
Y volvió. Volvió al lugar donde creció entre mesas, encargos y charolas, donde aprendió desde niño que este negocio no se entiende solo con recetas, sino con historia.
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Porque La Luz Roja nació cuando Pachuca tenía tren… y hambre.
Hace más de un siglo, justo enfrente, estaba la estación ferroviaria. Llegaban viajeros cansados, después de largas jornadas, buscando algo más que comida: buscaban recuperar fuerzas. “Restaurar el ánimo”, como se decía entonces. Así empezó todo: con un plato caliente, un café y la necesidad de seguir.
Desde entonces, el negocio ha pasado de mano en mano, pero nunca ha soltado su esencia. Primero su padrastro, después su madre —quien sostuvo el lugar durante casi 50 años— y ahora él, junto a su hermano Saúl. Más que una administración, lo que han heredado es una forma de entender la ciudad.

Porque si algo tiene claro Ruy es que este lugar no solo ha visto la historia… ha sido parte de ella.
Por sus mesas han pasado marchas, desfiles, celebraciones, protestas. Afuera cambia el país; adentro, el tiempo se sirve en platos.
Aquí pasa todo… y todos
Pero resistir más de un siglo no es casualidad. Es adaptación.
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Lo que alguna vez fue una tienda de abarrotes hoy es una lonchería que mantiene lo tradicional, pero entiende el presente. Las tortas siguen siendo protagonistas —de milanesa, de pierna—, pero el menú creció: pozole, pancita, caldo de camarón, tostadas de pata, pollo o pierna. Todo con una regla que no cambia: fresco y del día.
Sin embargo, el verdadero secreto no está en la cocina.
Está en la gente.

En los clientes que regresan dos o tres veces por semana. En quienes vuelven después de años y se sientan en la misma mesa, ahora acompañados de sus hijos o nietos. En esa lealtad que no se compra ni se improvisa.
Porque aquí no solo se sirven alimentos… se sirven recuerdos.
Y cuando llegó la pandemia, esa historia estuvo a punto de detenerse.
No hubo ganancias, solo resistencia. Adaptarse o desaparecer. Servicio a domicilio, ahorros, incertidumbre. Pero La Luz Roja hizo lo que ha hecho durante 115 años: aguantar.
Sobrevivir fue la victoria.
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Hoy, el reto es otro. No solo mantener viva la cocina, sino también el entorno. Apostar por un centro que vuelva a latir, por una plaza con más vida, más gente, más encuentros.
La Luz Roja no es solo un local: es parte de la identidad urbana de Pachuca.

Antes, una frase casi mítica la definía:
“Cuando Dios dijo hágase la luz, se hizo La Luz Roja.”
Ahora, la apuesta es más simple… y quizá más poderosa:
Hoy es un buen día para ir a La Luz Roja.
Y después de 115 años, sigue siendo verdad.




