Shareny Muñoz

Lo que tienes que saber

  • A veces el costo aparece en lo invisible, en el transporte que se encarece, en los útiles que se postergan, en el internet que se limita y hasta en la alimentación que se ajusta.
  • Organismos como la UNESCO han advertido que el aumento en el costo de vida impacta directamente en la permanencia escolar, no solo por la capacidad de pago, sino por la presión emocional y la necesidad de incorporarse tempranamente al trabajo.
  • Y tal vez lo verdaderamente alarmante no sea el número que aparece en los reportes económicos, sino el silencio con el que miles de decisiones se están tomando todos los días, en casas donde estudiar dejó de ser una elección y empezó a sentirse como un lujo.

Hay cifras que no hacen ruido, pero cambian vidas. La inflación proyectada para 2026 ronda el 4.22%, está cifra puede parecer un dato técnico, lejano e incluso frío. Pero en la vida cotidiana ese número se traduce en algo mucho más concreto, hay menos dinero y alcanza para menos cosas.

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Y cuando el dinero alcanza para menos, la educación empieza a costar más. No necesariamente en colegiaturas; a veces el costo aparece en lo invisible, en el transporte que se encarece, en los útiles que se postergan, en el internet que se limita y hasta en la alimentación que se ajusta. En decisiones pequeñas que, acumuladas, terminan definiendo trayectorias completas.

Porque estudiar no es solo estar inscrito en una escuela, es poder sostener ese proceso.

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Según el Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI), una de las principales razones por las que niñas, niños y jóvenes abandonan la escuela en México sigue siendo la falta de recursos económicos. No es falta de talento, ni es falta de ganas, es falta de condiciones, y eso cambia todo.

Porque cuando una familia tiene que decidir entre cubrir lo básico o invertir en educación, la elección deja de ser vocacional y se vuelve urgente, se vuelve inevitable.

He escuchado frases que se quedan resonando:
“Sí quiero seguir estudiando… pero también tengo que ayudar en mi casa.” No suenan dramáticas, más bien, suenan reales.

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La presión económica no solo aprieta bolsillos, también redefine aspiraciones.

Hace algunos años, estudiar representaba una promesa de movilidad, pero hoy, para muchas y muchos jóvenes, esa promesa empieza a sentirse lejana. No porque no crean en la educación, sino porque el presente les exige resolver antes de poder proyectar.

Y ahí aparece la pregunta incómoda, ¿Qué pasa cuando el corto plazo le gana al futuro?

La educación está pensada como una apuesta a largo plazo, pero la economía cotidiana no siempre permite pensar así. Organismos como la UNESCO han advertido que el aumento en el costo de vida impacta directamente en la permanencia escolar, no solo por la capacidad de pago, sino por la presión emocional y la necesidad de incorporarse tempranamente al trabajo.

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Y eso también educa… educa cuando obliga a crecer antes de tiempo, cuando convierte el estudio en un privilegio y cuando enseña a elegir entre aprender o sostener.

Pero también hay algo que resiste, y es la decisión de seguir, de no soltar y de apostar, incluso cuando no alcanza.

Como escribió Paulo Freire, “la educación no cambia el mundo, cambia a las personas que van a cambiar el mundo”.

Pero para que eso ocurra, primero tiene que ser posible quedarse, y hoy, quedarse en la escuela también es una forma de resistencia.

Porque el problema no es solo cuánto sube la inflación… es cuánto más tiene que esforzarse una generación para no renunciar a su futuro.

Y tal vez lo verdaderamente alarmante no sea el número que aparece en los reportes económicos, sino el silencio con el que miles de decisiones se están tomando todos los días, en casas donde estudiar dejó de ser una elección y empezó a sentirse como un lujo.

Ahí, justo ahí, es donde la educación deja de ser discurso… y se convierte en una línea frágil entre lo que alguien soñó ser y lo que finalmente le alcanzó para vivir.

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