Lo que tienes que saber
- Usualmente hablamos sobre títulos en este espacio, pero hoy quiero hacer una pausa en el camino para darle crédito a quien ha inspirado a este novato escritor.
- En Ocarina of Time, su transformación en Sheik dejó claro que no era un personaje pasivo, sino alguien que actúa, se adapta y asume riesgos.
- El deseo de que algún día entienda que su nombre no viene solo de un videojuego, sino de una idea que ha perdurado con el tiempo.
Usualmente hablamos sobre títulos en este espacio, pero hoy quiero hacer una pausa en el camino para darle crédito a quien ha inspirado a este novato escritor. A lo largo de la historia de los videojuegos, pocos nombres han logrado mantenerse vigentes sin perder su esencia.
En una industria que cambia constantemente, donde muchos personajes se transforman o desaparecen, hay algunos que trascienden. La Princesa Zelda es uno de ellos. Y aunque durante años fue vista como un personaje secundario, la realidad siempre fue distinta: Zelda nunca fue solo alguien a quien rescatar, sino una figura que representa equilibrio, sabiduría y propósito.
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Desde sus primeras apariciones, su papel estuvo ligado a algo más profundo que la acción. Mientras Link encarnaba el coraje, Zelda representaba la capacidad de entender el mundo. Esa idea creció con el tiempo. En Ocarina of Time, su transformación en Sheik dejó claro que no era un personaje pasivo, sino alguien que actúa, se adapta y asume riesgos. En The Wind Waker, como Tetra, su liderazgo es evidente desde el inicio: directa, independiente, segura de sí misma. Y en Twilight Princess, su presencia refleja algo distinto: el peso del sacrificio y la responsabilidad.
Con Breath of the Wild, el personaje alcanza una dimensión más humana. Zelda duda, se frustra, siente que no está a la altura. Pero es precisamente en esa vulnerabilidad donde se encuentra su mayor fortaleza. Su historia deja de ser solo un símbolo y se convierte en un proceso. En entender quién es, incluso cuando no cumple con lo que el mundo espera.
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A lo largo de la saga, Zelda ha cambiado de forma, pero no de esencia. Siempre ha sido más que un nombre en el título. Siempre ha sido la pieza que sostiene todo, incluso cuando no está en primer plano. Y quizá por eso, durante mucho tiempo, fue fácil no dimensionar su importancia.
Porque Zelda nunca ha necesitado imponerse para ser fundamental.
Con los años, uno entiende que hay personajes que se quedan más allá del juego. No por lo que hacen, sino por lo que representan. Y en mi caso… ese significado se volvió algo más.
Porque hoy ese nombre ya no solo pertenece a una historia.
Hoy le pertenece a mi hija.
Zelda.
Y es imposible no pensar en todo lo que ese nombre representa. No como una expectativa, sino como un deseo. El deseo de que algún día entienda que su nombre no viene solo de un videojuego, sino de una idea que ha perdurado con el tiempo: la inteligencia para tomar decisiones, la fortaleza para enfrentar lo incierto y la capacidad de mantenerse firme incluso cuando el mundo cambia.
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Ojalá encuentre su propia forma de ser fuerte.
Su propia forma de entender el mundo.
Su propia forma de mantenerse en pie.
Y seguro estoy que algún día entenderá de todo lo que representa: sabiduría, fortaleza y la capacidad de mantenerse firme cuando todo cambia.
Porque al final, hay nombres que no se eligen por casualidad…
se eligen por lo que significan.
Y este… siempre significó todo.
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