Lo que tienes que saber
- En una escuela primaria de Chilcuautla, en el Valle del Mezquital, los maestros interrumpieron las clases cotidianas para reunir a los alumnos alrededor de una televisión, de esas grandes con antena de conejo que ahora son un vestigio arqueológico, en el salón de usos múltiples donde hicieron a un lado sillas y butacas.
- Muchos de nosotros no habíamos visto un juego de futbol, otros sí, pero la mayoría habíamos corrido detrás de un balón, o de una botella, en la cancha de tierra de la escuela con más hoyos que pasto, y festejado los goles entre los compañeros de salón.
- Quizá por eso, 32 años después, la inauguración de la Copa del Mundo este 11 de junio en la Ciudad de México entre la selección tricolor y la de Sudáfrica, genera cierta nostalgia, porque es poco probable que esos alumnos de esa escuela primaria de Chilcuautla actualmente tengan los medios para pagar un boleto con tal de asistir al estadio o encuentren la oportunidad de reunirse como en aquella ocasión y durante dos horas convertirse en una expectativa, una esperanza creciente cada vez que el balón está por terminar al fondo de la portería.
Era el mundial de Estados Unidos 1994. El partido de la selección nacional mexicana contra el equipo irlandés estaba por comenzar. Se respiraba la tensión. En una escuela primaria de Chilcuautla, en el Valle del Mezquital, los maestros interrumpieron las clases cotidianas para reunir a los alumnos alrededor de una televisión, de esas grandes con antena de conejo que ahora son un vestigio arqueológico, en el salón de usos múltiples donde hicieron a un lado sillas y butacas.
Nos sentamos en el suelo de cemento, con las piernas cruzadas o extendidas. Expectantes. Se escuchaban risas nerviosas, los apodos, las advertencias de no hacer ruido. Muchos de nosotros no habíamos visto un juego de futbol, otros sí, pero la mayoría habíamos corrido detrás de un balón, o de una botella, en la cancha de tierra de la escuela con más hoyos que pasto, y festejado los goles entre los compañeros de salón.
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Cuando los jugadores entonaron el himno mexicano, los docentes casi nos obligaron a pararnos y guardar respeto, muy serios y solemnes, y cantar las estrofas nacionales como en los lunes cívicos alrededor del patio principal, como si fuera una ocasión especial.
Entonces en el rectángulo verde los jugadores empezaron a correr por el esférico, cobrar tiros de esquina, saltar, barrerse, hacer o recibir faltas cerca de la portería rival. Así, los alumnos de esa escuela primaria de provincia poco a poco, sin darse cuenta, dejamos nuestra experiencia individual para formar un colectivo que festejaba los goles, protestaba las decisiones del árbitro, se abrazaba cuando el partido llegaba al final con un marcador favorable.
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En ese mundial, el primero del que tengo memoria, la selección mexicana quedó en la primera posición del llamado grupo de la muerte al empatar contra Italia y después fue eliminada en penales por Bulgaria, esos malditos penales después de unos tiempos extra agónicos, cuando muchos de nosotros pensamos que era posible llegar al quinto partido.
Quizá por eso, 32 años después, la inauguración de la Copa del Mundo este 11 de junio en la Ciudad de México entre la selección tricolor y la de Sudáfrica, genera cierta nostalgia, porque es poco probable que esos alumnos de esa escuela primaria de Chilcuautla actualmente tengan los medios para pagar un boleto con tal de asistir al estadio o encuentren la oportunidad de reunirse como en aquella ocasión y durante dos horas convertirse en una expectativa, una esperanza creciente cada vez que el balón está por terminar al fondo de la portería.
Entre las protestas de la Coordinadora Nacional de Trabajadores de la Educación (CNTE) y de las mamás buscadoras, en esta ocasión nosotros no fuimos invitados al mundial. En Hidalgo, las plazas públicas lucirán vacías durante los encuentros deportivos porque el gobierno no instaló pantallas, mientras que los ayuntamientos dieron marcha atrás a los eventos programados ante los millonarios costos de los derechos de transmisión. Quedan los restaurantes, bares y plazas comerciales que dentro de unas horas serán puntos de reunión de muchos de nosotros.
Tal vez por eso, entre tanto ruido e inmediatez, valdría la pena regresar a la sencillez de esos alumnos de esa escuela primaria y ser solo aficionados que disfrutan y padecen un efímero partido de futbol.
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