Lo que tienes que saber
- La visión antropocéntrica ha sido constante en gran parte de las sociedades modernas, colocando al ser humano en el centro de la existencia y considerando al resto de los seres vivos como simples recursos utilitarios.
- El enfoque común de una “invasión de fauna”, donde los humanos debemos luchar por el territorio hasta aniquilar o desplazar a las otras especies, ignora que estos encuentros son, en realidad, acercamientos inevitables entre especies que comparten un mismo espacio transformado.
- Un parque público, por ejemplo, puede ser un espacio de recreación familiar humana y al mismo tiempo, un sitio de anidación de aves, un corredor biológico para insectos polinizadores, un refugio para pequeños mamíferos y reptiles y un gran ecosistema para los microorganismos.
El fin de semana pasado vivimos una experiencia en el bosque el Hiloche que me dejó reflexionando. Parte de mi familia y yo (tres humanos y dos perros) recorríamos un sendero cuando, de pronto, nos encontramos con un corredor. El señor no saludó ni avisó que estaba a punto de pasar; en cuanto me percaté de su presencia, sujetamos a los perros, quienes andaban sueltos disfrutando el espacio. El señor pasó, agradeció y continuó su camino.
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Unos minutos después, el mismo corredor regresó en la dirección opuesta. Al notar su cercanía, intentamos sujetar de nuevo a los perros; alcanzamos a asegurar a uno, pero el más grande corrió hacia él. No sé si fue por la energía del momento o porque el movimiento acelerado lo inquietó, el caso es que inmediatamente llamamos al perro, este se detuvo y no pasó absolutamente nada. Sin embargo, el señor reaccionó molesto y exigió que le pusiéramos las correas. Tratamos de tranquilizar la situación, pero él respondió realizando una supuesta llamada a la patrulla para reportar que había personas con perros sueltos. Finalmente, él continuó su ruta y nosotras la nuestra.

Esta situación, más allá de la molestia, señala un problema común. Durante mucho tiempo, los humanos hemos interpretado el mundo desde una posición central, asumiendo que los espacios y los recursos existen únicamente para nuestro beneficio. Esta idea influye en cómo reaccionamos cuando nos encontramos con otras especies en los lugares que consideramos “nuestros”. Cuando encontramos una serpiente en el jardín, aves anidando en una construcción o insectos dentro de casa, solemos sentir que nuestro espacio seguro está siendo invadido.
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Sin embargo, ¿realmente somos los únicos habitantes legítimos de esos espacios que reclamamos con tanto recelo?
La ilusión de la superioridad humana
La visión antropocéntrica ha sido constante en gran parte de las sociedades modernas, colocando al ser humano en el centro de la existencia y considerando al resto de los seres vivos como simples recursos utilitarios.
Este concepto ha fomentado la falsa percepción de que los animales silvestres pertenecen exclusivamente a las áreas naturales protegidas, que las ciudades son territorios exclusivamente para humanos y que los ecosistemas pueden ser modificados de acuerdo a nuestras necesidades. En cambio, desde la biología sabemos que los humanos somos una especie más cohabitando este planeta.
La realidad ecológica: espacios compartidos
Los ecosistemas no reconocen fronteras políticas ni propiedades privadas. Los animales, las plantas, los hongos y los microorganismos utilizan el espacio de acuerdo a sus necesidades básicas como son la alimentación, el refugio y la reproducción. Cuando desaparece un área verde para construir un fraccionamiento, las especies que habitaban el lugar no desaparecen mágicamente; buscan adaptarse a las nuevas condiciones.
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El enfoque común de una “invasión de fauna”, donde los humanos debemos luchar por el territorio hasta aniquilar o desplazar a las otras especies, ignora que estos encuentros son, en realidad, acercamientos inevitables entre especies que comparten un mismo espacio transformado.
Hacia una cultura de coexistencia
Este tema da para páginas enteras de análisis; sin embargo, cierro con la idea de que la convivencia no tiene por qué traducirse en conflicto. En el fondo, convivimos cotidianamente con diferentes especies sin siquiera notarlo. Un parque público, por ejemplo, puede ser un espacio de recreación familiar humana y al mismo tiempo, un sitio de anidación de aves, un corredor biológico para insectos polinizadores, un refugio para pequeños mamíferos y reptiles y un gran ecosistema para los microorganismos. Este mismo ejercicio de reflexión lo podemos hacer en las escuelas, en nuestros jardines o huertos y en las calles.
La presencia de otras especies no representa una invasión ni una amenaza. Es, quizás, una clara prueba de que formamos parte de una red compleja e interdependiente de vida en este planeta.



