Foto: Oscar Sánchez

Lo que tienes que saber

  • es una urgencia que se instaló desde la juventud, cuando la lectura dejó de ser consumo y se volvió impulso creativo.
  • La imagen de gigantes sobre el ring, el ritual de las caídas, el vértigo de subirse a las cuerdas después del combate.
  • De ahí que su poesía dialogue lo mismo con el aula que con la cantina, con la pedagogía y con la calle.

Para Alfredo Rivera Rubio, escribir no es una elección romántica: es una urgencia que se instaló desde la juventud, cuando la lectura dejó de ser consumo y se volvió impulso creativo. “Leía mucho y quise hacer lo mismo: plasmarlo”, dice sin rodeos. Desde entonces, su obra ha seguido una ruta nada complaciente: alejada de lo masivo, más cercana a la persistencia estética.

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Esa decisión no responde a una pose, sino a una convicción. En lugar de escribir por inercia, Rivera Rubio apostó por construir una obra que resista el tiempo.

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“No se trata de hacer intentos, sino de aspirar a algo que aporte más allá de lo inmediato”, explica.

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Por eso sus textos pasan por un proceso largo de corrección: los deja reposar, vuelve a ellos, los confronta. Hasta que un día —como en las amistades que se extinguen— entiende que ya no hay nada más que decir.

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En su universo, Pachuca no es escenario: es personaje. La ciudad habla, asegura, pero el poeta debe traducirla. En libros anteriores, como Achca: Un golpe de dados, esa voz tomó forma en figuras simbólicas. Ahora, en Contra las cuerdas, su nuevo libro, la ciudad vuelve a emerger, pero desde otro registro: el de la memoria personal y la cultura popular.

El origen es íntimo y contundente: la infancia en las luchas libres. La imagen de gigantes sobre el ring, el ritual de las caídas, el vértigo de subirse a las cuerdas después del combate. Todo eso se convierte en materia poética.

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“Es un libro que nace de mi biografía, pero también de la ciudad y de otra intención más profunda”, señala.

Esa “otra intención” es clave: el libro no solo habla de luchadores o nostalgia, también cuestiona al lector. Rivera Rubio propone una obra en capas, “enmascarada”, donde conviven distintas realidades: la infancia, la identidad urbana, el espectador que come pepitas mientras observa el espectáculo. El lector no solo interpreta: es reclasificado dentro del propio texto.

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Su apuesta estética también es una postura cultural. Frente a la división entre lo culto y lo popular, el autor propone un equilibrio: ni elitismo ni banalidad. “Ambos tienen su estética, pero la mezcla abre caminos más interesantes”, afirma. De ahí que su poesía dialogue lo mismo con el aula que con la cantina, con la pedagogía y con la calle.

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Contra las cuerdas se inscribe en esa lógica: un poema de largo aliento que rehúye la novela, pero tampoco se conforma con la brevedad. Es tensión sostenida, como un combate. Un texto que, como la lucha libre, combina técnica, espectáculo y máscara.

Sobre su presentación, el autor no fija fecha definitiva, aunque apunta a los próximos meses. No hay prisa: la poesía —como su proceso— exige el momento justo.

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Al final, Rivera Rubio evita las conclusiones grandilocuentes. No busca una síntesis del mundo, sino seguir escribiendo. Porque para él, la literatura no cierra: se abre, como un ring, cada vez que alguien decide subir a las cuerdas.

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