Lo que tienes que saber
- Aprendimos a hablar antes de aprender a escuchar, a opinar antes de comprender el peso de la palabra, a repetir ideas sin medir el eco que dejan.
- Organizaciones como Artículo 19 documentaron más de 600 agresiones contra periodistas en el último año y un aumento sostenido de la autocensura, que ya alcanza a casi dos de cada tres comunicadores.
- Cuando no se educa para el diálogo, la crítica y la escucha, la libertad de expresión se convierte en un privilegio y no en un derecho compartido.
Aprendimos a hablar antes de aprender a escuchar, a opinar antes de comprender el peso de la palabra, a repetir ideas sin medir el eco que dejan. En México, esa prisa por decirlo todo convive con un miedo silencioso que crece cada año, el miedo a las consecuencias de hablar…
La libertad de expresión se nombra como un derecho, pero rara vez se enseña como una responsabilidad. Desde la infancia, en la escuela, aprendemos qué voces son celebradas y cuáles incomodan; aprendemos cuándo opinar es valiente y cuándo es peligroso. No todas las voces crecen en el mismo terreno ni enfrentan el mismo riesgo al alzarse.
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En los últimos años, ejercer la libertad de expresión en México ha teniendo un costo alto. Organizaciones como Artículo 19 documentaron más de 600 agresiones contra periodistas en el último año y un aumento sostenido de la autocensura, que ya alcanza a casi dos de cada tres comunicadores. Informar, cuestionar o investigar no solo exige ética y preparación, exige también resistencia emocional y, muchas veces, silencio estratégico para sobrevivir.
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En Hidalgo, el clima no es ajeno a esta realidad; las agresiones digitales, la vigilancia informal y la intimidación han empujado a muchas voces, especialmente femeninas, a replegarse. No porque no tengan algo que decir, sino porque saben que decirlo tiene consecuencias, la palabra, cuando viene de una mujer, suele ser examinada con más dureza, cuestionada con más rapidez y castigada con mayor severidad.
Este escenario no nace en las redacciones, se gesta mucho antes, en los espacios donde aprendemos a convivir. La educación no solo transmite conocimientos, también moldea silencios, enseña qué se puede decir, cómo decirlo y, sobre todo, cuándo es mejor callar. Cuando no se educa para el diálogo, la crítica y la escucha, la libertad de expresión se convierte en un privilegio y no en un derecho compartido.
La filósofa Hannah Arendt lo advirtió con claridad cuando escribió que “la palabra revela la condición humana”. Hablar nos coloca en el mundo, nos expone y nos vincula con los otros. Por eso, callar forzadamente no es neutral, es una forma de exclusión; y normalizar ese silencio desde la escuela es una forma sutil de violencia.
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