Lo que tienes que saber
- Se siente en las conversaciones que terminan en ironía, en quienes encogen los hombros cuando se habla de futuro, en esa sensación constante de que prometer es fácil y cumplir es casi excepcional.
- Estamos criando a una generación que ya no confía, no confía en el sistema de salud cuando escucha historias de espera interminable, no confía en la escuela cuando siente que el esfuerzo no se traduce en oportunidades reales, no confía en el gobierno cuando las decisiones parecen lejanas, no confía en los medios cuando percibe intereses cruzados.
- Esto no es ignorancia, es saturación, y en medio de ese ruido, la educación tiene un reto gigantesco, no solo es enseñar matemáticas, historia o inglés, sino reconstruir el tejido de la credibilidad.
Hay algo que está cambiando en México, y no tiene que ver solo con cifras ni con elecciones, es algo más hondo, más silencioso. Se siente en las conversaciones que terminan en ironía, en quienes encogen los hombros cuando se habla de futuro, en esa sensación constante de que prometer es fácil y cumplir es casi excepcional. Estamos creciendo, sin darnos del todo cuenta, en un país donde confiar empieza a parecer ingenuo.
Y ahí es donde la alerta se enciende, porque no es únicamente descontento, es desgaste. Estamos criando a una generación que ya no confía, no confía en el sistema de salud cuando escucha historias de espera interminable, no confía en la escuela cuando siente que el esfuerzo no se traduce en oportunidades reales, no confía en el gobierno cuando las decisiones parecen lejanas, no confía en los medios cuando percibe intereses cruzados. Y lo más delicado, empieza a no confiar tampoco en la palabra, que es lo más valioso que tenemos.
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Cuando la palabra pierde credibilidad, la conversación se vacía, y cuando la conversación se vacía, lo que se debilita no es solo la política, sino la posibilidad misma de convivir.
La reciente crisis sanitaria por el repunte de enfermedades prevenibles (como el sarampión, que ha registrado miles de casos en el país) no solo es un problema epidemiológico, es un síntoma social. Las campañas de vacunación no fracasan únicamente por falta de biológicos, fracasan cuando la confianza se erosiona.
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Según la Encuesta Nacional de Calidad e Impacto Gubernamental del INEGI, la percepción de confianza en diversas instituciones públicas ha mostrado deterioro en los últimos años, particularmente en sectores vinculados con justicia y servicios básicos. Esto explica por qué la ciudadanía ha empezado a tomar decisiones desde la sospecha.
Y en esta crisis, la escuela tampoco escapa; hoy existen docentes que enfrentan padres que dudan de los contenidos, cuestionan programas oficiales, temen influencias ideológicas, desconfían de libros, plataformas y hasta de los propios maestros; y aunque el cuestionamiento es sano en democracia, el problema surge cuando se instala la narrativa de que nada ni nadie es confiable.
Estamos ante una paradoja brutal, nunca habíamos tenido tanto acceso a información, y sin embargo, la desinformación se mueve con mayor velocidad que la evidencia.
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En México, más del 90% de adolescentes y jóvenes usan internet cotidianamente, pero diversos estudios sobre alfabetización digital muestran que una proporción significativa tiene dificultades para identificar fuentes confiables o distinguir información verificada de contenidos manipulados.
Esto no es ignorancia, es saturación, y en medio de ese ruido, la educación tiene un reto gigantesco, no solo es enseñar matemáticas, historia o inglés, sino reconstruir el tejido de la credibilidad.
Porque una sociedad que no confía en nada ni nadie, es una sociedad vulnerable a todo; vulnerable a los discursos extremos, al populismo fácil, a la desinformación que circula sin freno, a decisiones impulsivas que terminan afectando lo colectivo.
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Como advertía Zygmunt Bauman, “la confianza es el pegamento invisible que mantiene unida a la sociedad”. Y cuando ese pegamento se resquebraja, no solo se fracturan las instituciones; se resiente la convivencia misma, y se debilita el tejido común que nos sostiene.
Así que, la polémica hoy ya no está en vacunarse o no, la polémica real es ¿cómo llegamos a un punto donde la evidencia científica necesita competir con un video de TikTok de 30 segundos?, ¿cómo llegamos a un punto donde la palabra de un docente pesa lo mismo que una cadena anónima de WhatsApp?
No se trata de defender ciegamente a las instituciones, porque también han fallado, y mucho. Pero destruir la confianza sin construir pensamiento crítico es abrir la puerta al caos.
Educar hoy implica enseñar a verificar, a contrastar, a argumentar, implica formar ciudadanos capaces de disentir sin caer en la paranoia colectiva; implica recuperar la dignidad y el valor de la palabra. Porque cuando la confianza desaparece, la democracia se debilita.
Y si algo debería escandalizarnos no es el número de contagios, ni las cifras económicas, ni los trending topics efímeros; lo verdaderamente alarmante es que estemos normalizando la desconfianza como forma de vida actual.
Quizá la gran tarea educativa de esta década no sea solo innovar, sino restaurar el valor de la credibilidad. Porque sin confianza no hay comunidad, sin comunidad no hay país, y sin país, no hay futuro.
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