Lo que tienes que saber
- La reciente detención de uno de los capos más buscados, ha colocado en la conversación pública la relación compleja entre violencia y turismo.
- Sin embargo, con el tiempo, el memorial y museo en la zona del World Trade Center se convirtió en uno de los puntos más visitados de la ciudad.
- Y en México, tenemos casos como el de Culiacán, marcada por episodios de alto impacto relacionados con el crimen organizado, ha visto cómo ciertos acontecimientos despiertan una curiosidad mediática que, aunque polémica, atrae visitantes interesados en entender la realidad social del lugar (incluso turismo de investigación).
La reciente detención de uno de los capos más buscados, ha colocado en la conversación pública la relación compleja entre violencia y turismo. Cada vez que un hecho de alto impacto ocurre —ya sea una captura, un enfrentamiento o un operativo— el efecto inmediato suele ser el mismo: miedo, cancelaciones de viajes y una caída en la ocupación hotelera.
Pero hay algo más que también sucede, y pocas veces se analiza con serenidad: muchos destinos, después del golpe mediático inicial, experimentan un repunte turístico.
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Suena contradictorio, incluso incómodo. Sin embargo, el turismo se mueve por emociones, y no todas son positivas. Existe una forma de viaje impulsada por la curiosidad, el morbo o el interés histórico por lugares donde ocurrieron hechos violentos. Es lo que internacionalmente se conoce como “dark tourism”.
Un ejemplo claro es Medellín. Durante los años más crudos del narcotráfico asociado a Pablo Escobar, la ciudad era sinónimo de violencia. Tras su muerte en 1993, Medellín inició un proceso profundo de transformación urbana y narrativa. Hoy no solo es referente de innovación y cultura, sino que incluso existen recorridos turísticos que explican esa etapa oscura como parte de su historia. Lejos de desaparecer del mapa, la ciudad resignificó su pasado.
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Otro caso es Nueva York después de los atentados del 11 de septiembre de 2001. El impacto fue devastador y el turismo cayó drásticamente. Sin embargo, con el tiempo, el memorial y museo en la zona del World Trade Center se convirtió en uno de los puntos más visitados de la ciudad. El dolor se transformó en memoria colectiva y aprendizaje.
Algo similar ocurrió en París tras los atentados de 2015. Hubo un descenso temporal en visitantes, pero la ciudad reforzó su mensaje cultural y de resiliencia. Hoy sigue siendo uno de los destinos más visitados del mundo. La violencia no borró su identidad.
Y en México, tenemos casos como el de Culiacán, marcada por episodios de alto impacto relacionados con el crimen organizado, ha visto cómo ciertos acontecimientos despiertan una curiosidad mediática que, aunque polémica, atrae visitantes interesados en entender la realidad social del lugar (incluso turismo de investigación).
Esto no significa que la violencia sea un atractivo en sí mismo. El sufrimiento nunca debería convertirse en espectáculo. Pero sí evidencia que los destinos no son estáticos. Después de un hecho fuerte, sucede algo interesante: aumenta la cobertura mediática, el nombre del lugar circula globalmente y, si existe una estrategia adecuada de comunicación y recuperación, puede transformarse en una oportunidad para redefinir la narrativa.
La clave está en cómo se cuenta la historia después del hecho.
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Cuando una ciudad decide hablar de resiliencia, transformación social y recuperación del espacio público, el turismo puede regresar con más fuerza. No por el morbo, sino por la admiración hacia una comunidad que se levanta.
En México, cada operativo o detención de alto perfil genera incertidumbre en destinos turísticos cercanos. Pero también abre la posibilidad de reforzar la seguridad, enviar un mensaje de control institucional y reconstruir la confianza del visitante.
El turismo necesita estabilidad, sí. Pero también responde a historias humanas. Y cuando una comunidad logra transformar un episodio oscuro en un relato de reconstrucción, puede atraer no solo visitantes, sino respeto internacional.
La pregunta no es solo cuánto impacta el “narco” en el turismo. La verdadera reflexión es: ¿qué hacemos como sociedad con esa historia? ¿La dejamos definida por el miedo o la convertimos en un punto de inflexión hacia algo mejor?
Porque al final, los destinos no se definen únicamente por sus crisis, sino por la manera en que deciden superarlas.
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