Lo que tienes que saber
- Veníamos del tono épico y maduro de Ocarina of Time y Majora’s Mask, y de pronto, la saga aparecía bañada en colores brillantes, con personajes de ojos enormes y una estética caricaturesca.
- Su energía es contagiosa, vibrante, y se convirtió en un símbolo de la libertad y la alegría de explorar.
- Incluso el sonido del mar, el golpeteo de las olas o el silbido del viento forman parte de una orquesta invisible que da vida al mundo.
Hay juegos que llegan demasiado pronto para ser comprendidos. Títulos que, al momento de su lanzamiento, dividen al público, pero que con el paso del tiempo se revelan como auténticas joyas; The Legend of Zelda: The Wind Waker es el ejemplo perfecto de esa historia. Cuando Nintendo lo lanzó en 2002, muchos fans se sintieron desconcertados. Veníamos del tono épico y maduro de Ocarina of Time y Majora’s Mask, y de pronto, la saga aparecía bañada en colores brillantes, con personajes de ojos enormes y una estética caricaturesca. Las críticas fueron duras, injustas incluso. Pero la historia, como el mar que protagoniza este juego, siempre termina encontrando su cauce.
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La historia nos sitúa en un vasto océano que cubre lo que alguna vez fue Hyrule. Link, un joven isleño, emprende su travesía para rescatar a su hermana secuestrada por una misteriosa ave gigante. Sin embargo, lo que comienza como una búsqueda personal se transforma en una aventura de redención y descubrimiento. El océano, ese infinito azul que se extiende hasta donde alcanza la vista, se convierte en el verdadero protagonista. Cada isla es un fragmento del pasado, cada viaje en barco, una reflexión sobre la pérdida y la esperanza. Wind Waker es una historia sobre aprender a soltar (literal y simbólicamente) lo que alguna vez fue el reino de los héroes.
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La jugabilidad redefinió la exploración. Navegar por el Gran Mar con el King of Red Lions no era solo moverse de un punto a otro: era sentirse parte de un mundo vivo. Las islas estaban llenas de secretos, templos, aldeas y personajes memorables. Su ritmo pausado invitaba a contemplar, a disfrutar del trayecto más que de la meta. La mecánica de la “Batuta del Viento”, que permitía controlar las corrientes, era tanto una herramienta como una metáfora: el jugador se volvía maestro del propio rumbo, dueño de su travesía.

La música de The Wind Waker es, sencillamente, una de las más inspiradas de toda la saga. Compuesta por Kenta Nagata, Hajime Wakai, Toru Minegishi y Koji Kondo, la banda sonora se siente como el alma misma del océano. Desde el tema principal, que mezcla melodías heroicas con un aire marinero, hasta los acordes misteriosos que acompañan los templos, cada nota está impregnada de emoción y aventura. Pero ninguna pieza representa mejor su espíritu que “Dragon Roost Island”. Con su ritmo acelerado de percusión y flautas que evocan tierras lejanas, es imposible no sentir el impulso de alzar las velas y dejarse llevar por el viento. Su energía es contagiosa, vibrante, y se convirtió en un símbolo de la libertad y la alegría de explorar.
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Más allá de sus temas icónicos, la música en Wind Waker cumple una función narrativa: acompaña el crecimiento de Link y el descubrimiento del jugador. Cada isla tiene su propio carácter sonoro (algunas cálidas y festivas, otras melancólicas o solemnes), y juntas conforman una sinfonía del viaje. Incluso el sonido del mar, el golpeteo de las olas o el silbido del viento forman parte de una orquesta invisible que da vida al mundo. No es exagerado decir que este es un juego que se “escucha” tanto como se juega.

Con el paso de los años, Wind Waker pasó de ser un experimento cuestionado a ser considerado una obra maestra. Su dirección artística (el famoso cel shading) envejeció mejor que cualquier otro título de su época. Lo que en su momento fue motivo de burla se convirtió en su sello más hermoso. Y su versión en HD para Wii U no solo reivindicó su estética, sino que confirmó lo que muchos ya sabíamos: que Wind Waker fue una joya adelantada a su tiempo.
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Recuerdo que durante un tiempo, en la oficina, mi amigo Dani y yo solíamos hablar sobre Wind Waker cada vez que salía el tema de Zelda. Él lo consideraba su entrega favorita, y siempre mencionaba la música de Dragon Roost Island como una de las piezas más alegres y perfectas que Nintendo haya creado. Con el tiempo entendí por qué le gustaba tanto: ese espíritu aventurero, optimista y libre del juego era también el reflejo de su propia personalidad. El encontraba en Wind Waker no solo una aventura digital, sino una extensión de su manera de ver la vida: con curiosidad, alegría y sin miedo a lo desconocido.
Más allá de su colorido exterior, The Wind Waker es una historia melancólica. Nos habla de un mundo que se hundió, de un héroe que no heredó una profecía, sino un océano vacío. Pero también nos recuerda que incluso en medio de la pérdida puede florecer la aventura. Que el fin de una era no significa el fin del viaje, sino el comienzo de uno nuevo.
Porque The Legend of Zelda: The Wind Waker no solo nos enseñó a navegar mares digitales: nos enseñó a confiar en el viento, en el destino y en la belleza de los nuevos comienzos.
Y cada vez que suena la melodía de Dragon Roost Island, uno no puede evitar sonreír y pensar que, como las olas, algunas historias siempre regresan, más fuertes y más hermosas que nunca.
- Portada

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