Lo que tienes que saber
- El debate tampoco es exclusivo de México, pues el Informe de Monitoreo Global de la Educación de la UNESCO advierte que al menos 79 países han aplicado algún tipo de restricción al uso de celulares en las aulas, preocupados por su impacto en la concentración, la convivencia escolar y sobre todo, el bienestar emocional de los estudiantes.
- Y hay otro ángulo que rara vez aparece en este debate, en un país con más de cien mil personas desaparecidas, según el Registro Nacional de Personas Desaparecidas y No Localizadas (RNPDNO), la tecnología móvil se ha convertido en una herramienta para reconstruir trayectorias o rastrear señales.
- No de temer a la tecnología, sino de aprender a habitarla con inteligencia, con responsabilidad y con la suficiente humanidad para que el mundo digital no termine vaciando lo más valioso que aún nos queda.
Hoy basta entrar a cualquier salón de clases para notar algo que hace apenas unos años no existía. Entre mochilas, cuadernos y lápices hay otro objeto que se volvió parte del paisaje escolar, el teléfono celular. A veces permanece guardado en la mochila, otras vibra discretamente en el bolsillo del uniforme; pero está ahí, silencioso o insistente, acompañando a una generación que creció conectada.
Por ello, la Secretaría de Educación Pública (SEP) abrió recientemente una discusión nacional sobre su uso dentro de las escuelas. La pregunta parece sencilla ¿Deben permitirse los celulares en el salón de clases? Pero detrás de ese debate, hay algo mucho más profundo que un simple dispositivo.
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Y los datos, siempre ayudan a entender la dimensión del fenómeno. De acuerdo con el Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI), más del 90 % de los adolescentes mexicanos utiliza internet de manera cotidiana, y el teléfono móvil es el principal medio de acceso. Es aqui, donde la escuela, inevitablemente, quedó ya en medio de esa transformación.
El debate tampoco es exclusivo de México, pues el Informe de Monitoreo Global de la Educación de la UNESCO advierte que al menos 79 países han aplicado algún tipo de restricción al uso de celulares en las aulas, preocupados por su impacto en la concentración, la convivencia escolar y sobre todo, el bienestar emocional de los estudiantes.
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Las investigaciones educativas empiezan a mostrar algunos efectos, pues diversos estudios señalan que dos de cada tres estudiantes reconoce distraerse con el celular durante las clases. A esto se suman conflictos que comienzan en redes sociales y terminan dentro del aula, episodios de ciberacoso o la presión constante de la vida digital.
Pero sería un grave error mirar el teléfono únicamente desde el miedo. Distintos especialistas en educación digital coinciden en que prohibir los celulares no necesariamente resuelve el problema, pues en determinados contextos también pueden convertirse en herramientas pedagógicas que permitan investigar, consultar bibliotecas digitales o acceder a materiales educativos.
Además está la otra cara de la realidad mexicana, la desigualdad. Para muchas familias el celular es el único dispositivo con conexión a internet disponible en casa; durante la pandemia quedó claro que, para miles de estudiantes, ese pequeño aparato fue la única puerta posible para continuar con la escuela.
Y hay otro ángulo que rara vez aparece en este debate, en un país con más de cien mil personas desaparecidas, según el Registro Nacional de Personas Desaparecidas y No Localizadas (RNPDNO), la tecnología móvil se ha convertido en una herramienta para reconstruir trayectorias o rastrear señales. El mismo dispositivo que distrae durante una clase puede también informar, conectar o incluso ayudar a encontrar a alguien.
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Tal vez por eso la discusión no debería centrarse únicamente en prohibir o permitir. La pregunta ya no es si los estudiantes tendrán celulares —porque eso ya es parte del mundo que habitan—, sino, si la escuela sabrá enseñarles a pensar con ellos. Porque la tecnología puede acelerar la vida, pero la educación sigue siendo el lugar donde aprendemos a darle sentido.
Al final, el verdadero desafío educativo no está en expulsar la tecnología del aula, sino en formar criterio para convivir con ella. Porque un teléfono puede ser distracción o conocimiento, puede amplificar la violencia o abrir caminos para aprender.
Como escribió la filósofa Hannah Arendt, “La educación es el punto en el que decidimos si amamos lo suficiente al mundo como para asumir responsabilidad por él”.
Tal vez de eso se trate este debate, no de apagar pantallas, sino de formar conciencia.
No de temer a la tecnología, sino de aprender a habitarla con inteligencia, con responsabilidad y con la suficiente humanidad para que el mundo digital no termine vaciando lo más valioso que aún nos queda… nuestra capacidad de pensar, de dialogar y de comprendernos unos a otros.
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