Lo que tienes que saber
- El estrés, de acuerdo con Leal (2006), es aquella tensión física y emocional que se origina como respuesta a una presión externa o interna, es decir.
- Es esa sensación de “no me alcanza el día” que se siente como una carga en la espalda y se manifiesta como cansancio o irritabilidad.
- Un ataque de pánico no es “estar muy nervioso”, es el cuerpo entrando en alerta máximo, aunque no haya un peligro real frente a nosotros.
Hace no mucho, alguien me dijo: “creo que me dio ansiedad…o estrés…o un ataque de pánico…bueno, algo así, pero feo”. La escena era más que familiar: mucho trabajo, poco descanso y, de pronto, el corazón acelerado sin previo aviso. La confusión también lo era porque, aunque usamos estas palabras como si fueran lo mismo, no lo son.
El estrés, de acuerdo con Leal (2006), es aquella tensión física y emocional que se origina como respuesta a una presión externa o interna, es decir: la respuesta del cuerpo ante una demanda, ya sea trabajo acumulado, pendientes, presión o prisas. Es esa sensación de “no me alcanza el día” que se siente como una carga en la espalda y se manifiesta como cansancio o irritabilidad. El estrés no necesariamente es malo; de hecho, en pequeñas dosis puede ayudarnos a reaccionar. El problema llega cuando es constante y no nos da tregua.
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La ansiedad, definida por Hernández (2022) como aquellas tensiones musculares, sensación de preocupación y cambios físicos como el aumento de la presión arterial, temblores, mareos, o la vigilancia ante un posible peligro futuro, va un paso más allá: no necesita que algo esté pasando, basta con el hecho de que podría pasar. Es anticipación, es preocupación, es imaginar setecientos escenarios que aún no existen, pero que ya nos inquietan. Es la mente adelantándose al futuro y el cuerpo reaccionando como si ya estuviera en peligro. A diferencia del estrés, la ansiedad no siempre tiene un “motivo visible”, y es justo eso lo que la vuelve especialmente desconcertante.
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Por último, tenemos al pánico, y aquí la experiencia es mucho más intensa y abrupta. El corazón se acelera, la respiración cambia, aparece una sensación de pérdida de control o incluso de muerte inminente. Un ataque de pánico no es “estar muy nervioso”, es el cuerpo entrando en alerta máximo, aunque no haya un peligro real frente a nosotros.
Diferenciarlos no es sólo algo teórico, es una forma de entender qué nos está pasando. Porque no es lo mismo necesitar descanso que aprender a manejar pensamientos anticipatorios, o atravesar un episodio de pánico con herramientas adecuadas. Quizá no podamos evitar sentir estrés, ansiedad o incluso pánico alguna vez, pero entenderlos es empezar a quitarles algo de poder.
Y, con un poco de suerte, la próxima vez que algo se sienta mal, en lugar de decir “me está dando todo”, al menos sabremos exactamente qué nos está pasando (aunque igual no sepamos qué hacer con eso…todavía”.
Por: Psic. Miguel Negrete Gil.
IG/FB: @psic.miguelnegrete
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