Lo que tienes que saber
- en la forma en que una imagen aparece en una pantalla, en cómo un avión se mantiene en el aire, en cómo el universo mismo se curva bajo su propio peso.
- El tensor nace cuando nos damos cuenta de que no basta con saber “cuánto” o “hacia dónde”.
- Con los tensores, dejamos de ver el mundo como una colección de objetos y empezamos a verlo como una red de interacciones.
Hay ideas que no nacen para ser vistas, sino para ser comprendidas lentamente, como si el pensamiento tuviera que estirarse para alcanzarlas. Los tensores son una de esas ideas.
No los encontramos en la calle, ni en una conversación cotidiana. Y sin embargo, están en todo: en la forma en que una imagen aparece en una pantalla, en cómo un avión se mantiene en el aire, en cómo el universo mismo se curva bajo su propio peso.
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Pero el tensor no es una cosa. Es una forma de ver.
Imagina por un momento que todo lo que existe está conectado por un tejido invisible. No un tejido rígido, sino uno flexible, sensible, que responde cuando algo cambia. Si presionas en un punto, no solo ese punto reacciona: todo alrededor se ajusta, cada parte a su manera.
Durante mucho tiempo, el ser humano entendió el mundo en fragmentos. Medía, separaba, clasificaba. Un número para la temperatura. Una dirección para el viento. Una tabla para organizar datos.
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Pero la realidad no funciona en fragmentos.
Funciona en relaciones.
El tensor nace cuando nos damos cuenta de que no basta con saber “cuánto” o “hacia dónde”. Necesitamos entender cómo algo cambia en muchas direcciones al mismo tiempo, y cómo ese cambio se distribuye.
Ahí ocurre el salto.
No es solo matemático. Es intelectual, es humano; la realidad cambia.
Con los tensores, dejamos de ver el mundo como una colección de objetos y empezamos a verlo como una red de interacciones. Como un sistema donde cada punto está ligado a otros, aunque no lo parezca.
Einstein necesitó tensores para describir la gravedad, porque la gravedad no es una fuerza simple: es una deformación del espacio mismo.
Hoy, las máquinas necesitan tensores para aprender, porque el aprendizaje no es lineal: es una red de conexiones que se ajustan simultáneamente.
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Pero más allá de la ciencia, hay algo profundamente humano en esta idea.
El tensor nos recuerda que todo lo que existe está influido por múltiples factores, en múltiples direcciones. Que no hay cambios aislados. Que todo lo que hacemos, de alguna forma, se propaga.
Es una forma matemática de decir algo que intuimos desde siempre:
que vivimos en un mundo tejido, no en uno fragmentado.
Y tal vez por eso los tensores son tan importantes.
No solo porque nos permiten construir tecnología o entender el universo, sino porque expanden nuestra manera de pensar. Nos obligan a aceptar la complejidad, a ver conexiones donde antes veíamos simplicidad.
Nos invitan a una conciencia más amplia.
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Una donde entender no es reducir, sino relacionar.
Para el Código Humano, Umberto Meneses PhD
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