Lo que tienes que saber
- hacer cine de mujeres por mujeres” y proyección de “Llamarse Olimpia” puso sobre la mesa un tema que durante años se ha evitado nombrar con claridad, la difusión de contenido íntimo sin consentimiento, lo que hoy reconocemos como una forma de violencia real.
- Que hoy este tema se discuta en espacios como el FINI es un gran avance que nos muestra que, tal vez el verdadero reto no es solo reconocer la violencia cuando ocurre… sino formar generaciones que entiendan que su cuerpo —incluso en una imagen— sigue siendo solo suyo.
- Y que aprender a protegerlo no tendría que venir después de romperse… sino desde la certeza de que nuestro cuerpo no se explica, no se negocia y no se comparte sin nuestro consentimiento.
Hay conversaciones que llegan tarde, la violencia digital contra las mujeres es una de ellas.
Esta semana, en el marco del Festival Internacional de la Imagen, la Universidad Autónoma del Estado de Hidalgo a través de la conferencia “Llamarse Olimpia: hacer cine de mujeres por mujeres” y proyección de “Llamarse Olimpia” puso sobre la mesa un tema que durante años se ha evitado nombrar con claridad, la difusión de contenido íntimo sin consentimiento, lo que hoy reconocemos como una forma de violencia real.
Que este tema esté en un espacio académico y cultural no es menor, significa que algo cambió.
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En México, más de 9 millones de mujeres han vivido algún tipo de violencia digital, según datos del Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI). No es un fenómeno aislado, ni reciente. Es una práctica extendida que creció mientras nadie enseñaba cómo nombrarla, cómo prevenirla o cómo entenderla.
Porque mientras la vida se trasladaba a lo digital, la educación seguía formando para un mundo que ya no existe. Nos enseñaron a cuidar el cuerpo en lo físico, a no confiar en extraños y protegernos en la calle.
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Pero nunca nos enseñaron a habitar ese mismo cuerpo en una pantalla. Nunca nos explicaron que una imagen íntima no es solo un archivo, es confianza, y que el consentimiento no desaparece cuando se comparte. Que lo digital no es menos real, solo más difícil de controlar.
Y ahí es donde el problema deja de ser legal, y se vuelve profundamente educativo. Porque la Ley Olimpia sanciona cuando el daño ya ocurrió, pero la educación debería evitar que ocurra.
Diversos análisis sobre violencia digital en América Latina coinciden en algo clave, la mayoría de los casos no provienen de desconocidos, sino de vínculos cercanos. Parejas, exparejas y personas en las que se confió.
Eso cambia la conversación, porque entonces ya no hablamos solo de tecnología. Hablamos de relaciones, de límites y de consentimiento. De lo que nunca se enseñó.
Hoy, niñas y jóvenes crecen en un entorno donde compartir imágenes es parte de la vida cotidiana, pero sin herramientas reales para entender lo que eso implica. Sin formación emocional, sin educación digital profunda y sin un lenguaje claro para nombrar lo que es abuso.
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Y mientras tanto, el cuerpo sigue estando ahí. Ya no solo en lo físico, también en lo digital.
Expuesto, almacenado, reproducido y muchas veces… vulnerado.
Que hoy este tema se discuta en espacios como el FINI es un gran avance que nos muestra que, tal vez el verdadero reto no es solo reconocer la violencia cuando ocurre… sino formar generaciones que entiendan que su cuerpo —incluso en una imagen— sigue siendo solo suyo.
Y que aprender a protegerlo no tendría que venir después de romperse… sino desde la certeza de que nuestro cuerpo no se explica, no se negocia y no se comparte sin nuestro consentimiento.
Porque si algo ha dejado claro la Ley Olimpia, es que no estamos exagerando, estamos nombrando. Y cuando una mujer nombra lo que le duele el silencio por fin, se vuelve límite.
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