Antares Cervantes

Lo que tienes que saber

  • Por eso resulta tan absurdo que, tras la tragedia de Teotihuacán, algunos medios hayan llamado a nuestro país y a las pirámides tierra de sacrificio, o que quieran encontrar en el rock o en el metal una explicación automática para el horror, argumentando que el tirador escuchaba esta música.
  • Porque mientras algunos buscan culpables en la música, la ropa negra o las referencias oscuras, el verdadero problema sigue intacto, un hombre logró ingresar armado a uno de los sitios arqueológicos más importantes del país y disparar decenas de veces.
  • Siempre ha sido el sonido de quienes no creen en discursos oficiales, de quienes desconfían de las cifras maquilladas y de quienes saben que el país real está lejos de las conferencias de prensa.

El metal siempre ha sido un género incómodo. Habla de muerte, guerra, sangre, rabia y oscuridad. Pero también habla de dignidad, resistencia, protesta y verdad. Por eso resulta tan absurdo que, tras la tragedia de Teotihuacán, algunos medios hayan llamado a nuestro país y a las pirámides tierra de sacrificio, o que quieran encontrar en el rock o en el metal una explicación automática para el horror, argumentando que el tirador escuchaba esta música.

No. El metal no mata. El metal denuncia.

Y si algo ha hecho el metal mexicano durante décadas, es gritar lo que muchos gobiernos intentan esconder: pobreza, corrupción, violencia, desigualdad, abandono y un país roto.

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Bandas mexicanas de metal extremo, black metal, death metal o folk metal prehispánico han construido una identidad propia recurriendo a símbolos mexicas, mayas, toltecas y guerreros águila y jaguar. Han cantado sobre dioses, batallas, templos, obsidiana, sacrificios y resistencia, no para glorificar el crimen, sino para recuperar una parte de la identidad mexicana que muchas veces ha sido reducida a folclor de postal.

Dentro de las culturas prehispánicas, el sacrificio no era un acto de locura ni de cobardía. Era una ceremonia honorable dentro de la lógica espiritual de su tiempo. Los guerreros capturados en combate eran considerados valiosos. Morir en batalla o ser ofrecido en ritual significaba ocupar un sitio importante en el equilibrio del universo. Era una forma de trascendencia.

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Había dignidad. Había sentido. Había honor.

Por eso resulta tan importante decirlo con claridad, lo ocurrido en Teotihuacán no fue un sacrificio, fue un asesinato múltiple seguido de un suicidio. Eso no pertenece a la cultura prehispánica.

Eso pertenece a la descomposición social y al fracaso del Estado.

Porque mientras algunos buscan culpables en la música, la ropa negra o las referencias oscuras, el verdadero problema sigue intacto, un hombre logró ingresar armado a uno de los sitios arqueológicos más importantes del país y disparar decenas de veces.

Eso no habla de metal. Habla de protocolos inexistentes, vigilancia insuficiente y una inseguridad que ya se metió a todos lados: carreteras, plazas, playas, bares, iglesias, escuelas y ahora también pirámides.

El metal mexicano siempre ha sido protesta. Siempre ha sido el sonido de quienes no creen en discursos oficiales, de quienes desconfían de las cifras maquilladas y de quienes saben que el país real está lejos de las conferencias de prensa.

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Y hoy, el país real es uno donde ni siquiera Teotihuacán, uno de los lugares más simbólicos de México ante el mundo, pudo mantenerse a salvo.

Tal vez eso es lo que más incomoda. Que el metal no inventó la violencia. Sólo lleva años cantándola.

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