Shareny Muñoz

Lo que tienes que saber

  • En las últimas semanas, distintos casos relacionados con comunidades “incel” y discursos de odio digital volvieron a abrir una discusión incómoda, adolescentes consumiendo contenidos donde la frustración masculina se transforma en resentimiento hacia las mujeres, donde la empatía se ridiculiza y donde la violencia emocional comienza a parecer identidad.
  • las masculinidades violentas no nacen solas, se construyen en culturas donde a los hombres se les enseña a resistir el dolor, pero no a comprenderlo.
  • Con discursos donde el rechazo se convierte en humillación, donde la sensibilidad se ridiculiza y donde las mujeres dejan de ser personas para convertirse en culpables simbólicas de la frustración masculina.

Algo está formando emocionalmente a millones de adolescentes… y no son sus familias, no es la escuela y muchas veces tampoco la sociedad. Es el algoritmo.

Mientras el debate público sigue concentrado en si las redes sociales distraen demasiado, una conversación mucho más profunda está ocurriendo en silencio; la forma en la que internet está enseñando a una generación completa qué significa ser “hombre”. Y lo está haciendo a una velocidad que la educación no alcanzó a comprender.

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En las últimas semanas, distintos casos relacionados con comunidades “incel” y discursos de odio digital volvieron a abrir una discusión incómoda, adolescentes consumiendo contenidos donde la frustración masculina se transforma en resentimiento hacia las mujeres, donde la empatía se ridiculiza y donde la violencia emocional comienza a parecer identidad.

Lo inquietante no es únicamente el contenido, es el vacío emocional que encontró para crecer.

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Porque mientras millones de jóvenes pasan horas construyendo su identidad en internet, seguimos educando como si las emociones fueran un tema secundario. La escuela continúa enseñando fórmulas, fechas y rendimiento, mientras los algoritmos enseñan pertenencia, validación y poder.

Y el algoritmo entendió algo antes que nosotros: la soledad también consume.

La palabra “incel” —involuntary celibate— dejó hace tiempo de ser un rincón oscuro de internet. Hoy representa comunidades digitales donde hombres jóvenes transforman frustración emocional en discursos profundamente misóginos, alimentados por plataformas que premian aquello que genera reacción, aunque destruya vínculos en el proceso.

Pero reducir esta conversación a “hombres malos en internet” sería demasiado simple. Y también profundamente irresponsable. Porque lo cierto es que muchos de estos adolescentes no llegan al odio desde el privilegio emocional. Llegan desde la desconexión, desde la incapacidad de nombrar lo que sienten, desde modelos de masculinidad donde la vulnerabilidad sigue siendo sinónimo de debilidad.

Bell hooks escribió que “el patriarcado no tiene género”. Y quizá ahí está una de las claves más importantes de esta conversación: las masculinidades violentas no nacen solas, se construyen en culturas donde a los hombres se les enseña a resistir el dolor, pero no a comprenderlo.

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Y entonces internet llena el vacío. Con discursos donde el rechazo se convierte en humillación, donde la sensibilidad se ridiculiza y donde las mujeres dejan de ser personas para convertirse en culpables simbólicas de la frustración masculina.

Diversos estudios internacionales han advertido que plataformas como TikTok, YouTube o Reddit pueden llevar a usuarios jóvenes hacia contenidos radicalizados en cuestión de horas. Lo que inicia como autoestima masculina termina muchas veces en narrativas de odio perfectamente empaquetadas para adolescentes emocionalmente vulnerables.

Porque los algoritmos no educan desde la ética, educan desde la permanencia. Y el enojo retiene mucho más que la calma.

Y quizá ahí también tendríamos que empezar a hacernos una pregunta mucho más incómoda sobre la educación actual, quién está diseñando los programas educativos y desde qué idea de ser humano se están construyendo.

Porque mientras el mundo emocional de millones de adolescentes cambia a una velocidad brutal, gran parte de nuestros modelos educativos siguen funcionando como si formar personas fuera únicamente transmitir información. Como si las emociones fueran accesorias. Como si las familias, la salud mental, la identidad o la soledad no estuvieran atravesando directamente el aprendizaje.

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Seguimos rediseñando programas para responder al mercado laboral, pero muy pocas veces para responder a la fragilidad humana de esta generación. Y entonces el sistema enseña contenidos… mientras internet termina enseñando pertenencia.

Zygmunt Bauman advertía que vivimos tiempos donde los vínculos humanos se vuelven cada vez más frágiles. Tal vez por eso estamos viendo jóvenes hiperconectados, pero profundamente incapaces de construir intimidad emocional real.

La pregunta entonces ya no es si las redes influyen, porque claro que influyen. La pregunta es por qué dejamos que fueran ellas quienes enseñaran emociones que la educación nunca se atrevió a abordar seriamente.

Porque hablar de nuevas masculinidades no es atacar a los hombres. Es intentar salvarlos también de una idea de masculinidad que les enseñó a tragarse el dolor hasta convertirlo en rabia.

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Y quizá ahí está el verdadero riesgo de esta época, no en que los algoritmos estén entreteniendo adolescentes… sino que están ocupando el lugar que dejó vacío la conversación humana.

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