Shareny Muñoz

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Lo que tienes que saber

  • Mujeres que llegan a trabajar después de noches de ansiedad, ambientes hostiles o tensiones que jamás aparecerán en los informes institucionales, pero que igual terminan moldeando la vida de quienes habitan esos espacios.
  • De las mujeres que dudan antes de hablar, de las que aprendieron a soportar para poder permanecer, de las que sonríen mientras intentan no quebrarse.
  • Porque tal vez algunas de las lecciones más profundas de nuestra vida nunca vinieron de un libro de texto, sino de mujeres que nos sostuvieron, acompañaron, escucharon o simplemente permanecieron… incluso cuando ellas también estaban cansadas.

Hay mujeres enseñando con la voz firme y el sistema nervioso agotado. Mujeres que llegan a trabajar después de noches de ansiedad, ambientes hostiles o tensiones que jamás aparecerán en los informes institucionales, pero que igual terminan moldeando la vida de quienes habitan esos espacios.

Y aun así enseñan, revisan tareas, acompañan estudiantes, sostienen reuniones, resuelven conflictos y continúan funcionando como si sobrevivir emocionalmente no fuera también un trabajo de tiempo completo.

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Durante años hablamos de educación como si ocurriera únicamente en aulas, libros o discursos sobre innovación. Como si enseñar dependiera solo de metodologías, infraestructura o preparación académica. Pero rara vez hablamos de las condiciones emocionales en las que miles de mujeres sostienen diariamente los espacios educativos de este país. Y eso también forma.

Según datos de la Secretaría de Educación Pública y el INEGI, más del 95% del personal docente en preescolar son mujeres y cerca del 70% del trabajo educativo en etapas básicas sigue recayendo en nosotras. Es decir, gran parte de la formación emocional y humana de México está siendo sostenida por mujeres que muchas veces también lidian con desgaste psicológico, intimidación, hostilidad laboral o agotamiento silencioso.

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Porque las alumnas aprenden del contenido, sí, pero también de los silencios. De las mujeres que dudan antes de hablar, de las que aprendieron a soportar para poder permanecer, de las que sonríen mientras intentan no quebrarse.

Según ONU Mujeres, siete de cada diez mujeres en México han vivido algún tipo de violencia a lo largo de su vida. Y aunque solemos imaginarla únicamente en escenarios extremos, gran parte ocurre de formas más discretas: descalificación constante, control emocional, amenazas veladas o desgaste psicológico sistemático.

Violencias que no siempre dejan marcas visibles, pero sí mujeres cansadas funcionando como si nada. Quizá una de las tragedias más profundas de esta época es que aprendimos a llamar “normal” a vivir tensas.

La politóloga y periodista Denise Dresser ha señalado en distintos espacios cómo las estructuras de poder suelen exigirles más resistencia a las mujeres que verdadera igualdad. Y quizá ahí está una de las conversaciones más incómodas de la educación actual.

Porque no podemos hablar de transformación educativa mientras seguimos normalizando espacios donde muchas mujeres sobreviven emocionalmente para poder sostenerlos.

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Y aun así, algo profundamente poderoso ocurre entre mujeres dentro de esos mismos lugares: la sororidad. Esa compañera que nota tu cansancio aunque sonrías, la que se sienta contigo después de una reunión difícil, y aquella que sin decirlo te recuerda que no estás sola.

Marcela Lagarde definía la sororidad como un pacto político entre mujeres. Pero quizá también sea algo más íntimo, quizá en realidad es una forma de impedir que el mundo nos vuelva de piedra.

Porque tal vez algunas de las lecciones más profundas de nuestra vida nunca vinieron de un libro de texto, sino de mujeres que nos sostuvieron, acompañaron, escucharon o simplemente permanecieron… incluso cuando ellas también estaban cansadas.

Y quizá ahí empieza la verdadera revolución educativa. No en los auditorios ni en los discursos, sino en esos pequeños actos de humanidad entre mujeres que siguen evitando, silenciosamente, que otras se rompan.

Porque tal vez educar también sea construir espacios donde una mujer no tenga que elegir entre su paz y su lugar en el mundo.

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