Yazmín Salazar

Lo que tienes que saber

  • A pesar de los esfuerzos por contener el derrame, la emergencia se prolongó por varios días, obligando incluso a la evacuación de familias.
  • En Hidalgo, donde la milpa y el riego son el corazón de la subsistencia, este impacto no es inmediato, pero sí es profundo y duradero.
  • Pero, sobre todo, nos hablan de un modelo energético que prioriza la extracción y el transporte por encima de la seguridad ambiental y social.

De un momento a otro, el olor a combustible se vuelve parte del paisaje cotidiano. El pasado 9 de marzo, en la comunidad de Santiago Tlapacoya, Pachuca, sucedió así. Los habitantes despertaron con un enorme charco de hidrocarburos a mitad de la calle; una mancha negra que recorrió senderos y zonas de terracería, acercándose peligrosamente a los hogares. A pesar de los esfuerzos por contener el derrame, la emergencia se prolongó por varios días, obligando incluso a la evacuación de familias.

Aunque las autoridades reportan que, para este 17 de marzo, los trabajos de han avanzado en un 90%, el impacto ambiental sigue siendo grave.

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La incertidumbre como respuesta

Las hipótesis sobre las causas son erráticas: se habla desde vandalismo en una válvula de PEMEX hasta una nueva toma clandestina. Sin embargo, más allá del origen técnico, la sensación compartida en la comunidad es de una profunda incertidumbre. No es solo el miedo del derrame, sino la duda sobre qué pasará con el lugar que habitan.  

Porque cuando el hidrocarburo cae sobre la tierra, no desaparece como por “arte de magia”. Este se infiltra, altera la química del suelo y asfixia a los microorganismos que le dan vida, comprometiendo su fertilidad. Lo más grave es que puede alcanzar mantos freáticos y permanecer ahí durante años, contaminando silenciosamente el agua que consumimos. En Hidalgo, donde la milpa y el riego son el corazón de la subsistencia, este impacto no es inmediato, pero es profundo y duradero.

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Espejos de una misma crisis

Mientras esto sucede en nuestro estado, de forma casi simultánea, el sur de Veracruz enfrenta su propia tragedia. Otro derrame se expande sobre lagunas y manglares, paralizando a las comunidades pesqueras que han perdido su sustento. El mar que siempre fue vida, hoy es un espacio contaminado.  

En Veracruz, el desastre es evidente: manchas negras en el agua y fauna afectada a simple vista. En Hidalgo, en cambio, las consecuencias serán invisibles. Pero el hecho de que no veamos los hidrocarburos, no lo hace menos grave, solo más difícil de dimensionar.

El costo humano de un modelo agotado

Ambos casos comparten una constante: la falta de información veraz y oportuna. En Hidalgo, las versiones sobre el origen cambian o se contradicen; en Veracruz, la causa no ha sido plenamente esclarecida. Mientras tanto, la contaminación se expande y las afectaciones crecen.

Como siempre, los principales afectados son las personas que deben abandonar su hogar, su trabajo y su tierra. Agricultores que no saben si su suelo volverá a producir y pescadores sin certeza de cuándo podrán volver al agua. Estos eventos no son simples accidentes; son el reflejo de una infraestructura vulnerable y un mantenimiento insuficiente. Pero, sobre todo, nos hablan de un modelo energético que prioriza la extracción y el transporte por encima de la seguridad ambiental y social.

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Debemos preguntarnos: ¿Cuántos derrames más serán necesarios para reconocer que no se trata de hechos aislados? Son lugares distintos con impactos diferentes, pero que repiten la misma historia: el hidrocarburo se derrama, las comunidades resisten y enfrentan las consecuencias.

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