Lo que tienes que saber
- Y hay otras mucho más silenciosas, que ocurren en las aulas, en las investigaciones, en las reuniones de trabajo, en los libros de texto y en las fotografías oficiales.
- En México, cifras del Sistema Nacional de Investigadoras e Investigadores muestran avances importantes en participación femenina, pero las mujeres continúan siendo minoría en los puestos de mayor jerarquía académica y en numerosos espacios de toma de decisiones científicas.
- De las maestras que siguieron enseñando aunque sus nombres nunca aparecieran en una placa, de las investigadoras que siguieron publicando aunque otros recibieran más reflectores, de las periodistas que siguen preguntando aunque cuando es más cómodo guardar silencio, de todas aquellas mujeres que entendieron que….
La primera vez las borraron de la historia, la segunda, aprendimos a no notarlo.
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Hay desapariciones que llenan titulares, movilizan instituciones y conmueven a un país entero. Y hay otras mucho más silenciosas, que ocurren en las aulas, en las investigaciones, en las reuniones de trabajo, en los libros de texto y en las fotografías oficiales.
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Son desapariciones que no se denuncian porque casi nadie las ve, o peor aún, porque aprendimos a llamarlas “normales”.
En 1993, la historiadora de la ciencia Margaret Rossiter acuñó el término Efecto Matilda para describir un fenómeno tan frecuente como incómodo: la tendencia a minimizar, invisibilizar o atribuir a hombres los logros alcanzados por mujeres.
Y esto no se trata de una simple teoría, es historia documentada.
Rosalind Franklin produjo la famosa Fotografía 51, una imagen decisiva para comprender la estructura del ADN. Sin embargo, durante décadas millones de estudiantes aprendieron a asociar ese descubrimiento únicamente con Watson y Crick.
Lise Meitner explicó la fisión nuclear, sin embargo el Premio Nobel reconoció a Otto Hahn.
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Jocelyn Bell Burnell descubrió los púlsares, pero el reconocimiento llegó a otros.
Las mujeres siempre estuvieron ahí, lo que faltó fue el crédito.
Y quizá por eso el Efecto Matilda nunca ha sido solamente una historia sobre ciencia, es una historia sobre educación. Porque la educación no solo enseña lo que incluye, también enseña aquello que decide dejar fuera.
La escritora Chimamanda Ngozi Adichie advirtió que el problema de los estereotipos no es que sean falsos, sino que son incompletos. Y pocas frases describen mejor lo que ocurre cuando generaciones enteras crecen estudiando una historia donde las mujeres aparecen como excepción y no como protagonistas.
Nos gusta pensar que el Efecto Matilda pertenece al pasado, a laboratorios antiguos, a épocas menos justas, o a hombres que ya no existen.
Pero basta mirar con atención para descubrir que sus huellas siguen entre nosotros. Persisten en los nombres que recordamos y en aquellos que se desvanecen.
En las ideas que circulan sin mencionar a quien las concibió, en los aplausos que encuentran siempre el mismo destino, o en las fotografías que parecen completas, pero cuentan una historia incompleta.
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Porque la invisibilización rara vez comienza con una agresión, casi siempre comienza con una omisión, con una idea que deja de citarse, con una aportación que pierde autoría, con una voz que deja de escucharse, con una mujer que deja de ser nombrada.
De acuerdo con datos del Instituto de Estadística de la UNESCO, las mujeres representan alrededor del 33% del personal investigador a nivel mundial. La brecha se vuelve más evidente en los niveles más altos de reconocimiento, pues desde 1901, menos del 5% de los Premios Nobel en disciplinas científicas han sido otorgados a mujeres.
En México, cifras del Sistema Nacional de Investigadoras e Investigadores muestran avances importantes en participación femenina, pero las mujeres continúan siendo minoría en los puestos de mayor jerarquía académica y en numerosos espacios de toma de decisiones científicas.
Durante años intentamos responder por qué hay menos mujeres en determinados lugares, pero tal vez también deberíamos preguntarnos cuántas dejaron de imaginarse ahí porque nunca vieron a alguien parecido ocupándolos antes.
Porque los referentes no son un detalle, son mapas. Y es difícil llegar a un lugar que nunca supiste que existía.
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Sin embargo, esta columna no trata únicamente de las mujeres que fueron borradas; también trata de las que permanecieron. De las maestras que siguieron enseñando aunque sus nombres nunca aparecieran en una placa, de las investigadoras que siguieron publicando aunque otros recibieran más reflectores, de las periodistas que siguen preguntando aunque cuando es más cómodo guardar silencio, de todas aquellas mujeres que entendieron que el reconocimiento puede tardar, pero la verdad siempre termina encontrando caminos.
El problema nunca fue que las mujeres carecieran de talento, el problema es que todavía estamos aprendiendo a convivir con mujeres que lo tienen.
Y mientras eso ocurre, muchas seguirán desapareciendo a plena vista, no de la historia, sino del reconocimiento que les corresponde dentro de ella.
Porque una sociedad no solo se define por las personas que recuerda, también por aquellas que decide olvidar.
Y cada nombre borrado empobrece la memoria colectiva, cada aporte silenciado reduce el horizonte de quienes vienen detrás. Nombrar a las mujeres que estuvieron, que están y que estarán no es un acto de corrección política, es un acto de justicia.
Porque cuando una mujer desaparece del relato, no pierde solo ella, perdemos todos.
Y ninguna sociedad puede aspirar a comprender su historia mientras siga dejando fuera a la mitad de quienes la escribieron.
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