Shareny Muñoz

Lo que tienes que saber

  • Y quizá por eso, dentro de unos días, cuando millones de personas vuelvan a reunirse frente a una pantalla para ver el inicio de un Mundial, en realidad estarán participando en algo mucho más profundo que un evento deportivo.
  • Son las que prepararon la comida para reunir a la familia, las que conservaron las historias, las que enseñaron los rituales y las que sostuvieron los afectos que permitieron que esos recuerdos sobrevivieran al paso del tiempo.
  • Permanecen en las sobremesas, en las fotografías guardadas, en las anécdotas repetidas una y otra vez, y en los relatos que pasan de una generación a la siguiente hasta convertirse en parte de quienes somos.

Mucho antes de conocer las fechas patrias, los mapas o los nombres de los héroes nacionales, ya sabíamos cuándo emocionarnos, cuándo celebrar. Sabíamos cuándo sentir que algo también era nuestro.

Aprendimos a pertenecer antes de comprender.

Y quizá por eso, dentro de unos días, cuando millones de personas vuelvan a reunirse frente a una pantalla para ver el inicio de un Mundial, en realidad estarán participando en algo mucho más profundo que un evento deportivo.

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Porque el fútbol nunca ha sido solamente fútbol, es memoria e identidad. Es una de las pocas experiencias capaces de hacernos extrañar momentos que jamás vivimos y sentir como propios recuerdos que pertenecieron a alguien más.

Hay jóvenes que nacieron décadas después de México 86 y, sin embargo, pueden hablar de aquel torneo con una familiaridad sorprendente. Conocen goles que nunca vieron, celebraciones que nunca presenciaron y emociones que jamás experimentaron en tiempo real.

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No heredaron el partido, heredaron el relato. Y esa diferencia lo cambia todo.

La psicología y la sociología han estudiado durante años un fenómeno fascinante conocido como memoria transgeneracional: la capacidad de transmitir emociones, significados e identidades entre generaciones.

No solo heredamos apellidos, costumbres o fotografías. También heredamos recuerdos colectivos, formas de interpretar el mundo y emociones asociadas a acontecimientos que ocurrieron mucho antes de que llegáramos.

Por eso un Mundial puede convertirse en una clase silenciosa de identidad. Porque mientras creemos estar viendo un partido, en realidad estamos observando algo más complejo, millones de personas reafirmando simultáneamente el sentido de pertenecer a una misma comunidad.

El historiador Benedict Anderson llamó a esto “comunidades imaginadas”. Sostenía que las naciones existen porque millones de personas que jamás se conocerán entre sí comparten la convicción de formar parte de una misma historia.

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Y pocas veces esa idea se vuelve tan visible como durante una Copa del Mundo. De pronto, desconocidos se abrazan, las calles cambian de color, las conversaciones giran alrededor de los mismos símbolos. Y durante noventa minutos millones de personas sienten que forman parte de algo más grande que ellas mismas.

Sin embargo, hay una pregunta que rara vez nos hacemos, ¿Quién nos enseñó a sentir todo eso?

Porque la identidad no aparece espontáneamente, alguien la transmite, la cuenta, y la conserva. Y con frecuencia, las grandes guardianas de esa memoria no son las figuras que aparecen en las fotografías oficiales.

Son las que prepararon la comida para reunir a la familia, las que conservaron las historias, las que enseñaron los rituales y las que sostuvieron los afectos que permitieron que esos recuerdos sobrevivieran al paso del tiempo.

Mientras los libros suelen concentrarse en héroes, presidentes, generales o deportistas, existe otra historia menos visible… la de quienes han mantenido viva la memoria emocional de las familias y, con ella, la memoria emocional de una nación.

Tal vez por eso los grandes eventos nunca terminan cuando se apaga el estadio. Permanecen en las sobremesas, en las fotografías guardadas, en las anécdotas repetidas una y otra vez, y en los relatos que pasan de una generación a la siguiente hasta convertirse en parte de quienes somos. Porque antes de aprender historia, aprendimos a pertenecer.

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Antes de memorizar fechas, aprendimos emociones. Y antes de entender qué significaba una nación, alguien nos enseñó a sentir que formábamos parte de ella.

Quizá ahí se encuentre una de las formas más profundas y menos reconocidas de educación.

No en los contenidos que se evalúan, ni en las respuestas correctas. Sino en esa capacidad extraordinaria de transmitir identidad, memoria y afecto a quienes llegan después.

Porque hay recuerdos que vivimos, y hay otros que heredamos.

Y tal vez una sociedad se construye precisamente en ese instante invisible en el que una generación le entrega a la siguiente no solo su historia, sino también las emociones necesarias para sentirla propia.

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