Shareny Muñoz

Lo que tienes que saber

  • Una niña aprende sobre respeto viendo cómo su padre trata a una mujer, aprende sobre seguridad observando si cumple su palabra, aprende sobre el conflicto viendo cómo lo resuelve, y aprende sobre dignidad cuando descubre si es escuchada o ignorada.
  • Por eso me parece sorprendente que sigamos discutiendo educación únicamente en términos de escuelas, programas académicos o tecnologías, porque mientras debatimos reformas educativas, millones de niñas siguen cursando una asignatura que nunca aparece en los planes de estudio.
  • Dicho de otra manera, los padres no solo participan en la infancia de sus hijas, participan, muchas veces sin saberlo, en la manera en que esas niñas aprenderán a relacionarse consigo mismas durante años.

Hace unas semanas me encontré atrapada en un fenómeno curioso de internet, video tras video aparecían padres peinando a sus hijas, aprendiendo a hacer una coleta, acompañándolas a un festival escolar, y hasta maquillándose para jugar con ellas…

Millones de reproducciones, miles de comentarios, muchísimas personas emocionadas. Y entonces apareció una pregunta incómoda: ¿por qué nos conmueve tanto ver a un padre haciendo algo que debería ser normal?

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La respuesta, sospecho, dice mucho más sobre nuestra historia que sobre las redes sociales.

Durante décadas hablamos de la paternidad en términos de responsabilidad económica. Un buen padre era quien proveía, quien trabajaba, quien garantizaba estabilidad material para su familia, y aunque esa responsabilidad sigue siendo importante, la ciencia lleva años intentando medir algo distinto.

La pregunta ya no es cuánto aporta un padre, la pregunta es, qué ocurre cuando está presente, o cuando no lo está.

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Las investigaciones sobre desarrollo infantil y teoría del apego han encontrado asociaciones consistentes entre la participación activa de los padres y mejores resultados académicos, mayor desarrollo lingüístico, mejor regulación emocional y niveles más altos de autoestima en niñas y adolescentes.

Pero el dato más interesante no aparece en las estadísticas educativas, aparece en algo mucho más difícil de medir. La forma en que una niña aprende a verse a sí misma.

Durante años creímos que los padres educaban cuando corregían, aconsejaban o imponían disciplina. Sin embargo, gran parte de la literatura científica contemporánea apunta también hacia otro lugar. Los padres educan cuando escuchan, cuando permanecen, cuando cumplen una promesa, y cuando una niña descubre que su voz merece atención.

El psicólogo Albert Bandura revolucionó la educación al demostrar que las personas aprendemos observando, lo llamó aprendizaje social. Su teoría cambió la forma en que entendemos la enseñanza porque evidenció algo aparentemente simple, aprendemos mucho más de lo que vemos que de lo que nos dicen. Y pocas figuras son tan observadas como un padre.

Una niña aprende sobre respeto viendo cómo su padre trata a una mujer, aprende sobre seguridad observando si cumple su palabra, aprende sobre el conflicto viendo cómo lo resuelve, y aprende sobre dignidad cuando descubre si es escuchada o ignorada.

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Por eso me parece sorprendente que sigamos discutiendo educación únicamente en términos de escuelas, programas académicos o tecnologías, porque mientras debatimos reformas educativas, millones de niñas siguen cursando una asignatura que nunca aparece en los planes de estudio: descubrir cuánto valen en la vida.

Y muchas veces esa respuesta comienza a construirse en casa. No porque los padres tengan todas las respuestas, sino porque ocupan un lugar irrepetible en la arquitectura emocional de sus hijas.

La evidencia científica ha encontrado que las niñas que mantienen vínculos positivos con sus padres suelen reportar mayores niveles de confianza personal, mejores habilidades sociales y menor vulnerabilidad ante relaciones dañinas en etapas posteriores de la vida.

Dicho de otra manera, los padres no solo participan en la infancia de sus hijas, participan, muchas veces sin saberlo, en la manera en que esas niñas aprenderán a relacionarse consigo mismas durante años.

Quizá por eso algunas mujeres pasan buena parte de su vida intentando desaprender silencios. Convenciéndose de que no tienen que ganarse permanentemente un lugar en la conversación, y aprendiendo que ser escuchadas no debería sentirse como un privilegio.

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Y quizá por eso también resulta tan poderoso ver a un padre peinando a su hija en un video viral. No porque esté haciendo algo extraordinario, sino porque nos recuerda algo que durante demasiado tiempo subestimamos. Que los padres no heredan únicamente apellidos, heredan certezas, miedos, formas de autoestima. Heredan la medida con la que una niña aprenderá a reconocer el respeto, la ternura y su propio valor.

Porque algunas de las lecciones más importantes de la vida no se enseñan con palabras, simplemente se heredan.

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