Lo que tienes que saber
- Y es ahí donde el discurso deja de ser motivador y se vuelve problemático, porque cuando alguien no mejora, no se cuestiona a la frase, sino a la persona, dando como resultado la aparición de la culpa, la autoexigencia y, muchas veces, el silencio.
- Pero quizá lo más incómodo no es eso, sino lo que frase nos evita, ya que decir “échale ganas” es rápido, es limpio y nos deja fuera del problema, no exige escuchar, no implica involucrarse y no nos confronta con nuestra propia realidad ante el dolor ajeno.
- Lo anterior no significa que el esfuerzo no importe, claro que importa, pero reducir todo a la voluntad es ignorar el aspecto humano, ya que el cambio real no sólo se empuja, sino que se construye, se entiende y se sostiene.
Hace unos días alguien me contó que no podía más: cansancio constante, episodios de ansiedad, problemas para dormir, entre otros. Cuando por fin se atrevió a decirlo en voz alta, la respuesta que recibió fue inmediata: “échale ganas, no hay de otra”. Así, sin pausas, sin preguntas, sin contexto y como si lo único que separara el malestar del bienestar fuera una actitud considerada insuficiente.
La frase no es inocente, ya que forma parte de una cultura que ha aprendido a romantizar el esfuerzo, a simplificar el sufrimiento y donde nos gusta creer que todo depende de la voluntad. Y es que esa idea es muy cómoda: si todo se resuelve con ganas, entonces no hay que mirar más allá.
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Pero, desde la psicología, la realidad es otra, ya que lo que una persona vive no se explica únicamente por cuántas ganas tiene de cambiarlo. Hay historia, condiciones, recursos, desgaste emocional y contextos que pueden ser muy pesados. No es lo mismo estar cansando que sentirse quemado, no estar triste que vivir una depresión, o sentirse presionado que sostener una sensación de ansiedad constante. Sin embargo, el “échale ganas” aplana todas esas diferencias y coloca la responsabilidad completamente en quien ya, de por sí, está lidiando con demasiado.
Incluso hay un concepto que ayuda a entender esto: autoexigencia desadaptativa. Esta es definida por Chemisquy (2018) como la tendencia a pensar que siempre deberíamos poder más, hacer más, resistir más, producir más…y siempre mejor. Entonces, bajo esa lógica, si no logramos salir adelante, el problema no es la carga: somos nosotros. Y el “échale ganas” no solo encaja perfecto en esta idea, sino que la refuerza.
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Y es ahí donde el discurso deja de ser motivador y se vuelve problemático, porque cuando alguien no mejora, no se cuestiona a la frase, sino a la persona, dando como resultado la aparición de la culpa, la autoexigencia y, muchas veces, el silencio. Porque si “todo depende de las ganas”, entonces admitir que no puedes se vuelve casi un fracaso personal.
Pero quizá lo más incómodo no es eso, sino lo que frase nos evita, ya que decir “échale ganas” es rápido, es limpio y nos deja fuera del problema, no exige escuchar, no implica involucrarse y no nos confronta con nuestra propia realidad ante el dolor ajeno. Es, en muchos casos, una forma socialmente aceptada de no acompañar al otro.
Lo anterior no significa que el esfuerzo no importe, claro que importa, pero reducir todo a la voluntad es ignorar el aspecto humano, ya que el cambio real no sólo se empuja, sino que se construye, se entiende y se sostiene.
En un entorno que aplaude la resiliencia, pero ignora el desgaste, el “échale ganas” funciona muy bien como consigna…y pésimo como respuesta. Hay que ser honestos, si todo se resolviera con ganas, ya no habría gente agotada, ansiosa o rota. Y quizá el verdadero problema no es la falta de ganas, sino que seguimos usando esa frase cómoda para no tener que hacer algo mucho más difícil: reconocer que no siempre sabemos cómo ayudar…y aun así quedarnos.
Por: Psic. Miguel Negrete Gil.
IG/FB: @psic.miguelnegrete
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