Lo que tienes que saber

  • Con el paso del tiempo, luego de adquirir obligaciones, vimos con cierta nostalgia que aquellos años se alejaban de nosotros, como si se tratara de un lugar al cual no pudiéramos regresar, como si nos hubieran expulsado del paraíso, vamos, pero siempre conservamos la esperanza de recuperarlo, de regresar entre tacos y cervezas en las noches en que nos reuníamos para planear nuevos proyectos que ahora ya no podrás concretar.
  • Pienso en un cierre de edición, contentos porque la nota principal del día siguiente seguramente daría de qué hablar y también pienso en un curso de creación literaria que tomamos en la Ciudad de México, donde escribiste el perfil más chingón que he leído en la vida y lo hiciste con pura fuerza de voluntad, sin lecturas previas ni nada, solo tú frente a la hoja en blanco.
  • De esos días malos que no hay nada digno que publicar al día siguiente, además de que no habían pagado la quincena en el periódico en el que trabajábamos, coincidimos en la plaza Juárez de Pachuca en un evento de la Secretaría de Agricultura que regalaba mojarras fritas en grandes cazos llenos de aceite hirviendo ante la impaciencia de cientos de personas.

Cuesta encontrar las palabras para despedirte, para decir adiós, porque aún esta muy cercana tu muerte y pienso que si te llamo me contestarás sin importar la hora, o si estábamos distanciados, y me dirás ¿Qué onda Valera?, como sucedió la última vez, cuando ya estabas hospitalizado y te imaginé débil, con ese tono de voz que invitaba a la confidencia, a la plática entre iguales.

Incontables fueron las ocasiones en que nos peleamos por una nota, tu como jefe de información que exigía determinado enfoque, yo como reportero que solo por llevar la contraria no aceptaba la orden. Fueron peleas fuertes, de esas en las que terminas temblando y con un extraño sabor amargo en la boca.

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Pienso en ti y creo que eres, así, eres, porque me niego a usar el pasado, decir eras, el claro ejemplo de que el talento no llega por alguna extraña inspiración que elige a unos cuantos; sino que se trabaja a diario, en cada nota, en cada palabra y enunciado, como una especie de coraje o furia que te obliga a despertarte cada mañana para seguir adelante.

Porque en aquellos tiempos, cuando fuimos jóvenes, hicimos equipo. Para inventar el encabezado perfecto, aquel que al día siguiente provocara una rabieta al funcionario público detrás de su escritorio. Cuántas veces nos reímos cuando llegaban las notas aclaratorias y los supuestos desmentidos a la redacción. Siempre fueron un aliciente para seguir así, haciendo un periodismo irreverente, que desafiara al poder, que señalara las deficiencias y enumerara las carencias en un estado que sigue siendo pobre entre los vientos transformadores.

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Con el paso del tiempo, luego de adquirir obligaciones, vimos con cierta nostalgia que aquellos años se alejaban de nosotros, como si se tratara de un lugar al cual no pudiéramos regresar, como si nos hubieran expulsado del paraíso, vamos, pero siempre conservamos la esperanza de recuperarlo, de regresar entre tacos y cervezas en las noches en que nos reuníamos para planear nuevos proyectos que ahora ya no podrás concretar.

Eres fuego lento que, a golpes de buen periodismo, con pura fuerza de voluntad, te consumiste poco a poco. Y eso, Neria, duele porque lo vi, me di cuenta, y no hice nada para evitarlo y pienso que todos nos vemos reflejados en esas llamas que terminan por quemarnos y dejarnos en cenizas.

Pienso en una borrachera hace muchos años, abrazados, vueltas y vueltas alrededor. No recuerdo de qué hablábamos. Pienso en un cierre de edición, contentos porque la nota principal del día siguiente seguramente daría de qué hablar y también pienso en un curso de creación literaria que tomamos en la Ciudad de México, donde escribiste el perfil más chingón que he leído en la vida y lo hiciste con pura fuerza de voluntad, sin lecturas previas ni nada, solo tú frente a la hoja en blanco.

Por último, va una anécdota que te gustaba recordar.

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De esos días malos que no hay nada digno que publicar al día siguiente, además de que no habían pagado la quincena en el periódico en el que trabajábamos, coincidimos en la plaza Juárez de Pachuca en un evento de la Secretaría de Agricultura que regalaba mojarras fritas en grandes cazos llenos de aceite hirviendo ante la impaciencia de cientos de personas. Y nos formamos, porque teníamos hambre y no teníamos dinero. Recuerdo el sabor del pescado que calmaba el rugir de mi estómago, mientras tu, Neria, hacías fila por tercera ocasión.

¿Te acuerdas, güero?, fue la mejor comida que hemos tenido en años, me dijiste entre risas.

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